La columna

Al pasar la barca

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Al pasar la barca, me dijo el barquero: «Las niñas bonitas no pagan dinero» Pero la barca que veo en plena bahía de Ciutadella es un yate gigantesco, y se me antoja que muy bonitas tienen que ser las niñas que viajen en él para no pagar dinero. Se llama «Queen Miri», y alquilarlo durante una semana cuesta la friolera de un millón ochocientos veinticinco mil euros más gastos, lo que viene a sumar dos millones setenta y tres mil quinientos dólares. Casi nada. El «Queen Miri» fue construido en 2004, y reacondicionado el 2014. Puede embarcar treinta y seis invitados en dieciocho habitaciones, con treinta y seis miembros de tripulación. Fue fabricado en aluminio y acero, y parece un descendiente moderno del mítico «Titanic», equipado con sauna, cine, salón de conferencias, guardería para niños, dispensario médico, biblioteca, club náutico, piscina, garaje, jacuzzi, spa, gimnasio, etc. Nada, que si tiene usted a mano un billete de tres millones de dólares puede pasar una semana navegando a todo tren y todavía le devolverán el cambio.

Me pregunto quién podrá alquilar un megayate de estas características y descubro que pertenece a un magnate de casinos y hoteles de Las Vegas llamado Sheldon G. Adelson y que fue construido en los astilleros griegos Neorion, propiedad del financiero Andreas Livreas. Otro yate de parecidas características, el «Moonlight II», es propiedad del hijo del sultán de Abu Dabi. De modo que si usted es hijo de un menestral, como yo mismo, lo tiene crudo, a menos que sea un genio de las finanzas. Me pregunto también si esa gente debe de estar convencida, como dicen en inglés, de que their shit doesn’t stink, que están por encima del común de los humanos, o si por el contrario son gente de carácter humilde, compasivo y son por añadidura soberanamente inteligentes. También me pregunto si al hallarse de crucero por el Mediterráneo y toparse con una patera llena hasta los topes de gente que huye de la miseria y de la guerra, se detendrán a dar cobijo a niños, mujeres, enfermos y hombres desamparados. Esto me lleva inevitablemente a pensar lo desequilibrado y hasta desquiciado que está el mundo en estos días; mientras unos se mueren de hambre, otros navegan en una abundancia más que superlativa. Y otro pensamiento todavía: las debilidades humanas como el juego, las comodidades como la dependencia del petróleo –por no echar mano de vicios innombrables– ofrecen la posibilidad de reunir fortunas aberrantes, entre otras posibilidades.