Asseguts a sa vorera

Carga pública

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Tengo un follón en la cabeza… A ver si lo he entendido, el próximo 10 de noviembre volvemos a votar porque no ha habido ningún acuerdo que permita el gobierno. Hasta aquí bien, pero si ellos, los que mandan, los que se ponen de acuerdo, no lo han hecho, ¿por qué lo tenemos que pagar los ciudadanos?

Y digo pagar porque lo pagamos a conciencia y de diferentes formas. De entrada, con el puñado de millones que cuesta volver a convocar a todo el personal a las urnas. Dinero público que, por mucho que se empeñen los de los listos y listas, no sale de la nada, es el dinero que se recauda a partir de nuestros impuestos. Pero si te soy sincero, ese es el coste que menos me duele. Es solo dinero y estamos acostumbrados a que lo gestionen como les da la gana y sin que directamente podamos hacer nada.

A mí, lo que de verdad me cuestan unas nuevas elecciones es en salud. Me harta esa sensación perenne de estar permanentemente en campaña. Como cuando jugábamos a la oca y caías en la casilla del puente que te llevaba atrás para recorrer el camino ya hecho. Vivir, o sobrevivir a todo el paripé que nos espera me angustia porque no creo que los mismos que no han conseguido nada hasta ahora, vayan a conseguir un resultado distinto para dentro de poco más de un mes. Nada de nada.

Por lo tanto, nos esperan por delante unas semanas de bajeza política, de golpes sucios, de interpretaciones, de mentiras, de promesas, de medias verdades, de «tú has dicho», de «tú has entendido», de «contigo no, bicho», y yo qué sé más. Lo que sí sé es que será insoportable porque es más de lo mismo. Aburre.

Lo peor es la sensación que te queda. La clase política no ha sido capaz de ponerse de acuerdo, de sentarse a negociar con suficientes miras y de trabajar, de verdad, en beneficio de los ciudadanos, y la culpa la tienen los votantes, dicen. Por eso nos convocan de nuevo a votar. ¿Tenemos que cambiar nuestro voto para desbloquear el país? No lo entiendo. Sé cuál es el significado de Democracia, pero dista mucho de «votar, votar y volver a votar hasta que lo que salga me guste».

Y luego habrá caras largas si la abstención crece. «No hemos sido capaces de ilusionar al país», dirá alguno tonto de capirote. ¿Ilusionar? El ciudadano debe votar, y vota. El político debe pactar, y no pacta. ¿Quién tiene la culpa?

Tengo la sensación de que todo lo que hasta ahora era cargo público se ha vuelto una carga pública.

dgelabertpetrus@gmail.com