La columna

Del amor al humor

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Según Gandhi, el amor es la fuerza más humilde pero más poderosa de que dispone el ser humano. Gandhi, que se llamaba Mohandas Karamchand Gandhi, recibió el nombre honorífico de Mahatma (alma grande), practicó la desobediencia civil no violenta y consiguió la independencia de la India respecto del imperio británico. La estrategia de Gandhi, llamada ahimsa, consistía en dar amor al otro independientemente de cómo se esté portando con nosotros. Es una estrategia lenta, pero muy potente, porque rompe los esquemas de los demás y empiezan a tratarnos bien. El humor, por otro lado, mejora las relaciones personales y hace más llevaderas las dificultades. Si uno tiene sentido del humor, se da cuenta de que nada es importante, al fin y al cabo somos criaturas de paso por este mundo, como indican las expresiones «dentro de cien años todos calvos» y «jodamos, que todos somos hermanos» Además, el humor permite que nos quitemos el estrés y encontremos soluciones a los problemas. Según un proverbio budista, «si tus problemas tienen soluciones, para qué te preocupas, y si tus problemas no tienen solución, para qué te preocupas».

No se trata de reírnos siempre, sino de tener la capacidad –la sabiduría- de reconocer siempre la cara más benévola de la moneda. En una película de Charlot los prisioneros de una cárcel aterradora se ríen con una película de humor y se olvidan de su penosa situación.

Pero uno no tiene que llegar a morirse de risa, que es algo que también puede ocurrir, y ya se sabe que morirse no tiene nada de cómico. Calcante se murió de risa en el siglo XII a. C., al parecer asfixiado por su propio vino. Crisipo en el siglo III a. C. se murió de risa tras dar vino a su burro. Martín I de Aragón se murió de risa y de un ataque de indigestión. Pietro Aretino se murió de risa cuando su hermana le contó un chiste erótico. Nandabayin de Birmania se murió de risa cuando supo que Venecia era un estado libre sin rey, es decir, una república. Thomas Urquhart, un escocés, se murió de risa cuando Carlos II subió al trono de Inglaterra. Miss Fitzherbert se murió de risa viendo la «Ópera del mendigo» («The Beggar’s Opera»). Julián del Casal, un poeta cubano, murió de risa cuando le contaron un chiste y se le reventó un aneurisma. Lo cierto es que sin llegar a tanto, la receta del amor y el humor puede resultarnos muy efectiva, sobre todo si nos acordamos de otro personaje que echó mano del amor –de la religión del amor- con muy buen humor: Jesucristo.