¿Tiene caldereta sin langosta?

Tu cuerpo, mi respeto

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Un día de marzo de 2019 los alumnos del instituto Bethesda-Chevy Chase en Maryland (Washington DC) recibieron un mensaje en sus teléfonos móviles. Era una lista que habían elaborado unos chicos con los nombres de sus compañeras de clase. Estaban ordenadas de más a menos guapa. Con dos decimales. Cuando la dirección del instituto se enteró de la noticia, abrió una investigación y sancionó con un día de castigo al alumno que había confeccionado la lista. «Son cosas de chicos», dijo el equipo directivo. Aquella solución no contentó a las chicas que quisieron abrir un debate más amplio sobre los motivos que habían llevado a los chicos a puntuar a sus compañeras exclusivamente por su aspecto físico. Tras hablar con la directora, acordaron celebrar una asamblea con todos los alumnos del curso, incluidos los que crearon y distribuyeron la lista. Aquella reunión fue un éxito. Durante más de dos horas, los alumnos del centro pudieron intercambiar sus opiniones acerca de los motivos que les habían llevado a actuar de esa manera. Las chicas expresaron cómo se sentían al ver sus nombres en la lista. Una de ellas relató que se había sentido humillada por sus compañeros con los que hablaba a diario porque daba la impresión de que lo único relevante era su aspecto físico. Gracias a sus aportaciones, los alumnos idearon una exposición en la que reflejaron la ‘cultura tóxica’ que les había llevado a cosificar a sus compañeras de clase. Los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia y, al poco tiempo, otros institutos se sumaron al proyecto. Desde aquel momento, los alumnos se reúnen cada semana para debatir sobre cómo evitar este tipo de situaciones.

Uno de los patrones de comportamiento de las sociedades de consumo es la valoración de las personas en función de su productividad. Tanto produces, tanto vales. Esta manera de pensar conduce a la ‘cosificación’ de la persona que –como indica la sociolingüista Mercedes Bengoechea- es un «proceso sistemático por el que un ser sensible se deshumaniza, se reduce a una cosa, a un ser insignificante sin estatus social, se convierte en algo que se puede intercambiar, poseer, trocar, guardar, exhibir, usar, maltratar, disponer y desechar». Por desgracia, en el caso de las mujeres, este proceso de cosificación se ha centrado en los últimos años en la difusión de una imagen hipersexualizada de una mujer joven y atractiva. En poco tiempo, los anuncios han pasado de ofrecer una visión estereotipada de la mujer como ‘ama de casa’ a presentarla como un simple valor estético que no desempeña ninguna función más allá de ser un reclamo publicitario.

La normalización de este patrón cultural –que asocia belleza y feminidad/ éxito personal y autoestima- ha provocado la aparición del fenómeno de la «auto-cosificación». Ante la continua exposición a la mirada de otros, muchas mujeres acaban asumiendo la perspectiva de los observadores externos. Y, de esta manera, se consideran a sí mismas como un cuerpo al que mirar y ser evaluado. Las consecuencias de este proceso son devastadoras. Algunas adolescentes sufren ansiedad, desórdenes alimenticios y disfunciones sexuales por no ajustarse al modelo que transmite la publicidad. Muchas mujeres se enfrentan a una depresión ante las consecuencias de un envejecimiento que las separa del rígido patrón de feminidad. Este sentimiento de imagen imperfecta ha ido calando entre las mujeres hasta el punto de que, según un estudio realizado en 2018 por la empresa Birchbox con una muestra de 6.000 mujeres españolas, solo el 7% reconoció que se sentía siempre guapa. Menos de un 15% manifestó que se sentía completamente a gusto con su cuerpo. Casi la totalidad de las encuestadas afirmaron que la sociedad impone un canon de belleza específico.

¿Por qué el joven de Maryland hizo una lista en la que puntuaba a las chicas por su aspecto físico? ¿Qué pretendía transmitir? ¿Era un ‘juego de niños’? ¿O el resultado de una concepción sobre la mujer, su cuerpo y su papel en la sociedad? Solo si buscamos respuestas a las preguntas incómodas podremos avanzar en el camino hacia la igualdad entre hombres y mujeres. Se trata de un reto tan complejo como necesario que deberá afrontarse con valentía, prudencia y responsabilidad. Quizá nos sirvan de ayuda las palabras de la filósofa estadounidense Judith Butler: «Cualquiera que sea la libertad por la que luchamos, debe ser una libertad basada en la igualdad».