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El carácter también está presente en las acciones políticas, y aún por mejor decir, el carácter condiciona un estilo de hacer política. Los exaltados no pueden ser buenos políticos, les pierden el pronto que tienen. Los agresivos tampoco, porque suelen ser los que piensan que los problemas de la ciudadanía son como clavos que hay que tratar a martillazos. Los vengativos son además muy peligrosos, basan sus acciones en hacer todo el daño que pueden a quién un día entorpeció sus egoísmos, puso freno a sus desmanes o cortó de cuajo sus privilegios, o simplemente, le puso en su sitio. Un vengativo con poder es alguien que ha nacido con una quijada de asno bajo el brazo. Al que le gusta que le adulen nunca será un buen mandatario; el hombre que se alimenta con la adulación más le valdría morirse de hambre.

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En política se puede llegar a la confrontación ciudadana cuando los imprudentes mandan, y los prudentes temen reaccionar por no liarla.

No son pocas las veces en que la manera de hacer, anula la legitimidad retratando a quiénes así obran. Los hechos les condicionan, les malbarata el carácter, cuando además va aparejado cual yunta la ambición, el egoísmo con la ausencia del sentido común.