Contigo mismo

Te marchas…

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¿Quién te dijo que el pasado era irrecuperable? Porque mentía...
De hecho volviste, hace poco, a tu infancia, aquella en la que, brazo en alto, te obligaban a cantar algo sobre una camisa vieja que no entendías. Aquella en la que, separados por sexos, las niñas (incluso Ella) no eran sino puntos tristemente inasequibles. La niñez en la que el acusica de turno, lloroso, apelaba a la seño con un «yo lo he visto primero» (lo que fuera) y la seño, personificación de una Constitución entonces impensable, resolvía sin apelación posible…

Regresaste, sí, a esas aulas cuando, abochornado, observaste a sus Señorías peleándose por un mullido sillón en el Congreso o cuando imbéciles electos pretendían obtener su vacuo minuto de gloria (como el sabiondo de tu clase) vocalizando promesas de acatamiento constitucional de diverso pelaje. Esperaste a que, por lo menos, alguno lo hiciera por Mafalda, pero los dignísimos/las dignísimas diputados/diputadas probablemente no la conocen o, peor, no la entiende... «Yo, señora Presidenta, fui el primero en ver ese escaño...». Seguro que ese fue el acusica de antaño –te dices-. Y la presidenta, ¡natural!, la seño (¿Con su sabiduría?)...

¡Qué tristeza de país, Dios!

Apagaste la tele, te sentaste en tu vieja butaca, cerraste los ojos e imaginaste... Al final, la imaginación es, ya, el único espacio de libertad...

¿Qué harías, si pudieras? –te preguntaste-. Y te viste... Y te ves...

Te ves haciendo el equipaje y partiendo hacia algún recóndito lugar donde anide la decencia. Por donde, evidentemente, no haya transitado aún el hombre...

La maleta es literaria, de cartón, con dibujos a cuadros y con envejecido cinturón a modo de cerradura, como la que usara Paco Martínez Soria en sus moralistas e inolvidables películas o tanto emigrante español en Alemania o tanto perseguido en una tierra en la que no todos parecéis caber...

Nada tangible colocarás en ella. Solamente...

El silencio. Ese del que habéis hablado últimamente a raíz de un Delibes magistralmente redivivo. El silencio que se presuponía en las iglesias, esas en las que alguien –creyente o no- buscaba a Dios. Ese mismo silencio que se quebró y se mudó -¿cuándo?- en cotilleos en voz alta ante y post misa... El silencio, respetuoso, en los tanatorios, vencido finalmente por la filosofía del «el muerto al hoyo y el vivo al bollo»...El silencio de las bibliotecas, las que te reconciliaban con el mundo, te inundaban de sosiego, te obsequiaban con la sabiduría acumulada durante siglos y generosamente donada en aras a una utopía permanentemente inalcanzable... El de los teatros...

La escucha... Antídoto inequívoco para salir de los empecinamientos. Cura para las verdades absolutas, inamoviblemente personales y convenientes. Remedio para los totalitarismos. Pócima para aproximarse al otro y comprenderlo, aunque ese otro sea el enemigo...

La constatación de que se puede vivir con poco. A la postre, lo aprendéis tarde, en el preciso momento en el que ni sois conscientes de que aprendéis. Que la felicidad no fue nunca eso. Que los recuerdos no anidaban en los souvenirs, sino en la mente y en el corazón... Pero, igualmente, la verificación de que no se puede vivir con culpa...

El saber pedir perdón y, más difícil todavía, el saber darlo... Olvidar la ofensa y perpetuar el bien recibido... En conocido cuento: la afrenta escrita en la arena; el don en la piedra...

La gratitud hacia los responsables de lo ético y estético que pueda haber en ti y en cada uno...

La capacidad de reflexionar y desandar lo que mal se anduvo... Y aprender del tropezón...

El amor, en su multitud de formas...

Y, ¡natural!, dos o tres buenos libros, un neceser y el ansia de vivir lo que te quede con dignidad...

El equipaje es ligero, como lo fuera el de Machado, como lo fuera el de tantos...

Pero acabas inevitablemente por abrir los ojos, cercenándose, de pronto, penosamente, la imaginación. Y la poesía de Machado se muda en la cursilería de un conocido cantante... Porque la vida, a la postre, sigue igual...