Sa gleva

Alabar a quien no se lo merece

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La diferencia entre un soberbio y un ladrón estriba en que a veces el ladrón descansa. Los políticos que están atacados por la soberbia, que no son pocos, suelen acabar muy malamente. Las más de las veces se encuentran con que el partido respira cuando deciden en un alarde de soberbia, irse a casa, algo que siempre hacen demasiado tarde.

El líder fatigado de soberbia se cree que el partido es él, y que sin él, el partido se va a tomar por retambufa, se desmoronaría como un azucarillo en un café. El líder político que ha hecho de su soberbia una negación absoluta para la empatía, necesita como agua de mayo que le alaben, que le pasen la mano por el lomo, luego cuando se miran en un espejo, ven siempre la imagen de lo que desearían ser, porque si vieran la imagen de lo que son se horrorizarían. En sus torpezas, no se les alcanza que la alabanza inmerecida acabe por ser el peor de los descréditos, porque anula como hombre público a quien la recibe y ridiculiza al autor de quien va otorgando méritos a quien está huérfano de ellos.

Pobre del político que en su ignorancia la soberbia le lleva a estar alimentándose de su ego, más le valdría morirse de hambre. Pobre de aquel a quien sin ningún mérito llaman ‘excelentísimo señor’ y él se lo cree, cuando en puridad, no es otra cosa que un mezquino oportunista, un tontolaba a quién han aupado a un cargo que no merece. De alguna manera eso es como poner una espada en las manos de un loco. El poder no debe tocar en una rifa, ni se puede andar repartiendo como quien repartiese caramelos.