¿Tiene caldereta sin langosta?

A solas con nuestra razón

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En 1990 se estrenó la película «Bailando con lobos» dirigida y protagonizada por Kevin Costner. El filme relata la historia del teniente John J. Dunbar que, tras la Guerra de Secesión estadounidense, solicita ser enviado al Fuerte Sedgewick, un alejado puesto fronterizo con el territorio dominado por los indios. Cuando llega a la base, descubre que el fuerte ha sido abandonado hace varios años. A pesar de encontrarse solo, el teniente decide cumplir con su deber, adecentar el fortín y establecer una línea de defensa frente a cualquier ataque de los indios.

Una mañana, John J. Dunbar encuentra a una mujer blanca malherida que, según descubre, fue adoptada por los sioux cuando era niña. Tras devolverla a su tribu de origen, los sioux celebran una reunión alertados por la llegada del hombre blanco a sus tierras. Algunos de los presentes apuestan por matar al teniente. Otros, en cambio, proponen acudir al fuerte y hablar con él para conocer sus intenciones.

Tras un primer contacto, uno de los jefes sioux descubre la nobleza del teniente y, poco a poco, se va fraguando una relación de respeto y mutua admiración. Sin apenas darse cuenta, el teniente Dunbar adopta el estilo de vida indio, se casa con la mujer blanca y pasa a ser un miembro más de la comunidad. Descubre que, en realidad, aquellos indios no eran sus ‘enemigos’, sino más bien un pueblo noble que lucha por sobrevivir y defender sus tierras frente al afán destructor del ejército norteamericano.

La oscarizada «Bailando con lobos» constituye un épico y absorbente relato que desarrolla la historia de dos culturas enfrentadas. A principio del filme, el teniente Dunbar recela de los indios por las terribles historias que ha escuchado durante años. Los sioux, por su parte, viven aterrorizados por la llegada del hombre blanco que amenaza con conquistar sus tierras. Gracias a la generosidad de sus protagonistas, las dos culturas crean un espacio de entendimiento que, guiado por el respeto y la tolerancia, les permite descubrir qué hay detrás del ‘enemigo’. El diálogo entre los protagonistas les hace ver que no existe ese abismo insalvable que otros habían creado. Un puente entre ambas culturas es posible pues, en definitiva, comparten preocupaciones por un futuro incierto.

¿Quién es el ‘enemigo’? ¿Acaso lo conocemos? ¿Sabemos cuáles son sus preocupaciones? ¿Y sus sueños? ¿Somos tan diferentes como creemos? ¿Quién ha construido esos muros que nos hacen recelar del otro? ¿Por qué pensamos que nuestro punto de vista debe prevalecer sobre los demás? ¿Cuál es el precio de imponer nuestra razón? Vivimos en una sociedad compleja, plural, contradictoria. Desde hace unos años, la polarización de la vida pública -estás conmigo o estás contra mí- está creando un ambiente enrarecido cuya finalidad es destacar a cualquier precio las diferencias que existen con los demás. A medida que este planteamiento va calando en la sociedad, tendemos a ensalzar las virtudes del grupo que conforma nuestra manera de pensar. Leemos libros, escuchamos la radio o hablamos con amigos que comparten nuestra visión del mundo. Creamos, de esta manera, nuestro ‘espacio de confort’ donde nuestros semejantes reafirman la ‘verdad’ de nuestros planteamientos. El envés de este proceso es la búsqueda de argumentos para ‘demonizar’ al divergente. Aunque compartamos algunas de sus preocupaciones o intereses, sin quererlo nos vemos impulsados a permanecer en la ‘zona de confort’ y evitar discusiones con los que razonan de forma diferente. A medida que quemamos los puentes entre los nuestros y los demás, nos vamos quedando más solos con nuestra pequeña razón (o sin razón).

Hace más de doscientos años la Ilustración pretendía disipar las tinieblas de la ignorancia a través de la luz del conocimiento. Quizá haya llegado el momento de recuperar esa forma de pensar para desterrar los prejuicios y descubrir verdaderamente a quien tenemos a nuestro lado. Todos queremos lo mejor. Sin embargo, hace falta esa luz que iluminó el mundo hace dos siglos para reconciliar los corazones y tender puentes allí donde la oscuridad parece impenetrable. Para lograr este objetivo, sin duda, nos servirán de ayuda aquellas lecciones morales de Bertrand Rusell: «El amor es sabio. El odio es simple. En este mundo que cada vez se vuelve más y más estrechamente interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos los unos a los otros. Tenemos que aprender a aceptar el hecho de que alguien dirá cosas que no nos gustarán. Solamente podemos vivir juntos de esa manera».