Contigo mismo

Días que merecen ser vividos

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Hay días que merecen ser vividos… Tenías que presentar un libro. Fue una tarde mágica, precedida de un reencuentro con Fina Salord, compañera impecable y ser humano extraordinario que estuvo persistentemente ahí. Ella y Àngel (¡nunca hubo nombre tan apropiado!) Nos vimos en el IME. A mano derecha, en la sala de reuniones que, de seguro, siempre serán mágicas, un retrato al óleo de Miquel Vidal, sin saberlo, te gritaba que la vida tiene un puntito de inmortalidad…

Hay días que merecen ser vividos, sí…

Carles Jiménez había escrito un texto espléndido sobre arte. Y tuvo la osadía y la temeridad de encargarte la traducción al castellano… Sin saberlo, hizo posible infinidad de cosas. En la presentación hiciste referencia a la habilidad de Carles por, en poco, decirlo todo… Y aludiste a Miguel Hernández cuando expresó, en tan solo dos versos, su dolor, inmenso, ante la muerte de Fernando Sijé: «que por doler/me duele hasta el aliento». Nunca has leído una elegía tan hermosamente devastadora. Y al «Poema de Mío Cid», cuando, el poeta, al describir el sufrimiento que siente Rodrigo Díaz al separarse de su mujer e hijas pone en su boca las siguientes palabras: «Llorando de los ojos, que non vidiestes atal, assís’ parten unos d’otros commo la uña de la carne» (vv. 366-375).

He leído, Emili, tu artículo publicado el pasado viernes. No creo que en tan pocas líneas se pueda decir tanto sobre la ingratitud humana. Escribías en relación a que la UIB no hubiera otorgado a Josep Miquel el título de ‘honoris causa’: «Ara ja no importa, han fet tard. En Josep Miquel Vidal va morir vuit anys després de la meva proposta (…) I ja veus, som dels que creuen que els homenatges pòstums , la majoria de vegades, són una expressió tardana de mala consciencia. Una justificació que serveix més a qui l’organitza que al pobre difunt».

Y ahora, si esto fuera un whatsapp, tocaría un emoticono de aplausos… ¡Qué articulazo!

Hay días, sí, que merecen ser vividos…

Cuando lo leíste –te confiesas- junto a un café matutino de bar, te sentiste orgulloso de lo que viste: la gente se espiaba para ver quién atraparía antes un ejemplar del MENORCA. ¿Quién estaba en qué página? ¿Qué le quedaba por leer? Tenía algo de adicción… ¡Bendita adicción!

Por cierto, Emili, qué bonita fotografía… Lenguaje no textual. Esa imagen puede que sea la personificación de la bondad…

Amo, con pasión, el MENORCA. Su director apostó por dejar un recodo en sus páginas para el arte… No era una apuesta fácil. Y de ahí el libro espléndido de Carles. De ahí, Emili, tu espléndido artículo. De ahí esa fotografía. De ahí felices reencuentros. De ahí la eternidad. De ahí un verdadero ‘honoris causa’

De hecho fueron hermosísimos imponderables: «Imagin, bon amic, -escribías - que recordaràs encara quan parlaven de la influencia que els impoderables tenen en las nostres vides. Aquells fets o circumstàncies que no podíem preveure i que potser de manera imprevista poden baratar tantes coses i decisions». En ocasiones –raras veces- es para bien.