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En mi adolescencia, en el Instituto José María Quadrado, de Ciutadella, algunos alumnos de cuarto de Bachillerato nos recreábamos a menudo en cercar a algún profesor con telarañas, urdidas en los rincones sombríos del aula, como si en vez de moscardones fuéramos arácnidos. Recuerdo todavía con cierta nostalgia la tupida red con que envolvimos a uno de ellos, apellidado Ulldemolins. Nos instruía este señor semanalmente en una materia adicional, denominada Sindicatos, sin libro de texto, solo apuntes, sin calificaciones, sin exámenes, en fin, disertaciones sobre las nuevas redes sociales del Estado o algo así.

Ciertamente fue un caso especial el que me dispongo a narrar, incidieron pues en él varias singularidades. El profesor Ulldemolins vivía en Mahón y por consiguiente desconocía nuestras respectivas genealogías. Fue, vamos, la primera vez que nos echaba el ojo encima, a nosotros, a los muros y a los adoquines de la localidad.

Llegaba con su cochecito –por entonces aún no había coches-, impartía sus conocimientos sindicales y regresaba a Mahón después de concluir su instrucción. Fue también un factor determinante, para comprender la impostura que conspiramos los moscardones de la clase, tratarse de un ser bondadoso, tranquilo, de esos sin energía, sin sangre, como se suele decir, que en caso de descubrirla no hubiera puesto el grito en el cielo, a diferencia de otros que a lo mejor nos retorcían el pescuezo. No vislumbramos, en fin, peligro alguno, de ser descubiertos, cuando decidimos intercambiar nuestra identidad. Porque esa fue la trama urdida. Durante la hora de Sindicatos, uno era otro y otro era uno. Yo suplantaba a mi amigo Pedro Sancho Vera y Pedro Sancho Vera me suplantaba a mí. Todos los moscardones, por parejas, en verdad no recuerdo cuántas, quizás siete u ocho, se inscribieron en esa entretenida farsa.

Transcurrieron las semanas sin ninguna novedad hasta que asistió inesperadamente a una de las clases el director del centro para comprobar in situ los progresos alcanzados en la materia por el alumnado,... algo que ni remotamente habíamos concebido a priori en nuestras maquinaciones.

Preguntó ese día el profesor Ulldemolins algunos contenidos con la adversidad de que el segundo de la terna fue un moscardón.

-José Antonio Salord Mesquida- nombró.

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Y se levantó el auténtico José Antonio Salord Mesquida.

-¿Usted no es Cristóbal Capó Cerdá?

-No señor.

El señor Ulldemolins, sorprendido, algo confuso, dirigió una mirada al director, y este corroboró la identidad de Salord Mesquida con una cabezada.

Debo recalcar que el buen hombre no tenía aún conocimiento, diríamos, exacto del nombre y de los apellidos de cada uno de nosotros. Incluso desconocía algunos. Una hora semanal no es suficiente para aprendérselos irreprochablemente; además, apenas solía preguntarnos, se dedicaba a desarrollar interminables programas sociales, oídos por todos, pero escuchados solo por unos pocos. El profesor Ulldemolins no le dio pues importancia a su error y prosiguió con las interpelaciones. Yo estaba naturalmente agobiado, imploraba al Altísimo que no mentara mi nombre o el de Pedro Sancho Vera. Y aunque me escuchó, cuando salió a colación el nombre de otro moscardón y se repitió la misma secuencia anterior, deshaciéndose la telaraña, se pasó lista y se supo, además de quien era Juan Antonio Salord Mesquida, los nombres y apellidos de todos los demás, concluyendo el sainete sindicalista.

No recuerdo las medidas que se adoptaron. Pero no salimos malparados, sino me acordaría del castigo.