Contigo mismo

Un hombre renuncia a su pensión

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«Todos deseamos llegar a viejos y todos negamos que hayamos llegado»

Francisco de Quevedo

Cuando te jubilaste/ de la etimología pasaste/ y no gritaste…
- ¿Desde cuándo compones pareados o lo que sea eso que has escrito?

- ¡Par diez! –replicas, sorprendido y emulando, no hay duda, a El Capitán Trueno-.

- ¿Te encuentras bien?

- No. No estoy bien –contestas-.

UNOS DÍAS ANTES

Te habían vendido que eso de cerrar el chiringuito (léase jubilarse) producía inefable alegría y que, por tanto, la gente, en tal tesitura, profería aullidos de gozo. ¿Aullidos? Puede. ¿De gozo? En absoluto…

Tu retiro fue, para ti, el comienzo de un verdadero calvario, puesto que múltiples órganos de tu cuerpo, imitándote, acordaron, al unísono, apartarse igualmente de la vida activa y pasar a la ‘reserva’. Al cabo de pocos meses de tu adiós, conocías a todos los médicos especialistas del Matad Orfila, habías catado multitud de pruebas diagnósticas y los análisis, metidos a vampiros, habían secado, por completo, tu riego sanguíneo. De ahí que, entre consulta y consulta, decidieras, en las esperas interminables, entretenerte creando neologismos, palabras nuevas. Así, por ejemplo, inventaste el término ‘iubilopatía’, cuya definición sería la siguiente: «Dícese de los males y achaques que sobrevienen al ser humano tras la jubilación». La palabra posee un sinónimo claro: ‘Putada’ (¡Con perdón!)

- Cediste los derechos a la Real Academia Española de la Lengua… ¿No?

- Efectivamente. Aunque el neo término se lo apropió, como se apropian de premios literarios y otras lindezas, un autor de reconocido prestigio. ¡País!

Pero las desventuras del jubilado –recuerdas ahora- no concluyen aquí. Y es que, por culpa de la ‘iubilopatía’, ingieres diariamente mogollón de pastillas, lo que te obliga a utilizar un pastillero, término que, luego, las gentes de mal vivir, peor pensar y pésimo chafardear aplican a la totalidad de tu persona… «Este… ¿Éste? Este es un pastillero». Ya eres, en una comunidad pequeña como la vuestra, reo de muerte. Si a lo dicho sumas que una de esas pócimas produce ataxia (mareos y desequilibrios al andar), la orgía del cotilleo y de la ‘sin hueso’ es ya irrefrenable…

- ¿Y?

- ¿Y? ¿Y? ¿Cómo que ‘y’?

LO DE SEGISMUNDA

Porque luego viene lo de Segismunda, tu ‘parienta’. Cuando te jubilaste y entraste revestido de tamaña condición, por primera vez, en tu casa, Segis te miró con inefable y sádico placer. «Ahora eres mío, cielo» –te espetó con inquina acumulada durante décadas-. «Las veinticuatro horas del día. De todos y cada uno de los días que todavía nos quedan por vivir juntitos. Juro que se te harán eternos». –continuó con inenarrable recochineo-. Y es que Segis siempre ha sido una tía muy vengativa… Y tú, ¡natural!, añadiste otra pastillita a tu colección porque, al oírla, te dio súbitamente por ir de vientre… Fue el preciso momento en el que evocaste unos emblemáticos versos de Bécquer: «¡Y entonces comprendí por qué se llora/ y entonces comprendí por qué se mata!».

Por no hablar… Por no hablar de las hojas de cálculo excel que –paso al presente histórico- Segis realiza sobre el número de cervezas y cigarrillos que consumes al día, la cantidad de reuniones con amigotes celebradas, etc.

- ¿Para?

- ¡Restregármelo, capullo! ¡Gráficos incluidos! Y es que Segis es mucha Segis…

CHICO PARA TODO

- «¡No pises la alfombra! ¡Baja los pies de la mesa! ¡Vete a recoger a los nietos! ¡Hazme la compra! ¡Pon la lavadora!...». En resumidas cuentas: mi menda se ha mudado, de respetable electricista, a chico de los recados. Un chico de los recados que, para más inri, sufre ‘iubilopatía’ irreversible y habita en una cárcel/guardería perpetua, sometido a todo tipo de tormentos de género no denunciables por su sutileza… Desarmadas y vencidas las esperanzas e ilusiones, al final, voy a gritar… Pero, of course, no de júbilo…

- ¿Y qué vas a gritar?

- ¡Por Dios bendito, que me quiten la jubilación!

- Amén…