La columna

Ojalá...

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«Ojalá» es una interjección que expresa el deseo de que se cumpla algo. Curiosamente, procede del árabe, «shaa Allaa» que significa «si Dios quisiera» lo cual pone de manifiesto que siempre estamos en manos de Dios, tanto es así que un sinónimo de ojalá sería «Quiera Dios». Ojalá es un adverbio dubitativo, es decir que demuestra inseguridad, temor o esperanza de que suceda algo. Lo malo es que ojalá también puede usarse en sentido negativo, como lo indica por ejemplo la frase «Ojalá te lleve pateta» («Que el diablo te lleve») En esta vida todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pero yo soy partidario de ver las ventajas y dejar de lado los inconvenientes, de modo que «Ojalá sean todos ustedes felices».

Pero se me ocurre que si cada vez que decimos ojalá se cumplieran nuestros designios podríamos llegar a morir de éxito, como le ocurrió al rey mitológico Midas, que todo cuanto tocaba se convertía en oro y, claro, no podía comer, porque no se puede comer oro ni se puede consumir comida sin tocarla con los dientes, las vísceras, etc. Todo tiene su truco, y por muy bonita y fascinante que nos resulte la magia, debajo siempre yace la realidad. Imaginemos que eso puede ocurrirle a alguien, uno de esos que nacieron en domingo, que dicen que tienen mucha suerte, y además con el ombligo mirando para arriba, lo que indica más suerte todavía, y con mucho pelo y dos coronillas, más suerte aún, el colmo de la suerte. Por cierto, ese hombre existe, se llama Frane Sellak, es un croata nacido en 1929, ha conseguido evadir la muerte siete veces, como los gatos, ganó un millón de dólares en la lotería y se ha casado cinco veces, lo cual no es moco de pavo. Pues bien, si cada vez que Frane dice ojalá sus deseos se cumplieran podría resultar un caos, si dijera ojalá fuera más alto podría estirarse hasta no poder pasar por las puertas, como le ocurre a Alicia en el País de las Maravillas. Si dijera ojalá te mueras al conductor que se mete en un charco y nos pringa de barro, no habría suficientes ataúdes para tanto entierro. Si le ocurriera como al zapatero que cantaba todo el día y el Señor Conde le premió con un millón de pesetas por su alegría, podría sucederle como a aquel pobre hombre a quien empezaron a pedirle dinero y que tenía la preocupación de invertirlo y acrecentar su fortuna, y comenzó a perder en bolsa, y la maquinaria que había comprado empezó a fallarle, y ya no podía dormir tranquilo echando cuentas y dijo ojalá fuera pobre y dejó de cantar.