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Estos días recuerdo aquella sensación de niña cuando todas las alumnas en el colegio nos reuníamos un día a la semana en la capilla a rezar por los más desfavorecidos, por los niños hambrientos y enfermos en África, por los que morían sin recursos. Aquellos que se veían tan lejanos, aquellos protagonista de situaciones que nos contaban los misioneros y que su tragedia ni siquiera éramos capaces de atisbar con la imaginación.

Muchos recordamos ahora lo que es rezar, lo que es levantar la vista al Cielo y pedir ayuda y misericordia. Ahora vuelve el sentimiento de la consciencia universal, de la sensación de unidad, de la transcendencia de la Vida y de la intranscendencia de nuestras vidas.
Algo vibra, algo muy profundo. La oración de la gente vuelve a escucharse y eleva la vibración de una energía que no vemos, pero que es común y que se siente. Esa que nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos, que nos revitaliza la generosidad, la empatía e incluso la compasión por el otro con una actitud proactiva de ayuda.

Este virus nos está moviendo algo muy importante, en lo personal y en lo común. Pero es en lo personal desde donde podemos y deberíamos de trabajar, es lo que nos concierne en primer lugar y desde donde hay que hacer cualquier cambio y aportación. Debemos generar sinergias comunitarias que nos permitan enfrentarnos juntos a los problemas.

Y en este sentido me llamó la atención la intervención hace unos días en el Congreso de los Diputados del portavoz de Esquerra Republicana de Cataluña, Gabriel Rufián, el cual dijo: “Las banderas ni alimenta, ni curan virus”. Una importante afirmación de alguien que hasta ahora ha venido buscando la ruptura y enarbolando las banderas separatistas más radicales. No es el momento de hacer caer nuestro sistema ni de desmantelar nuestro país. Es momento de comprender que el virus no tiene fronteras, no entiende de razas, ni de idiomas, ni religiones, ni sexos, ni políticas. No es el momento de levantar muros si no justamente todo lo contrario, es el momento de compartir soluciones y trabajar como una piña.

“En esta guerra irregular y rara que nos ha tocado luchar, todos somos soldados” ha dicho Miguel Ángel Villarroya, jefe del Estado Mayor de la Defensa y ha reclamado el apoyo de toda la población a las tareas que están llevando a cabo las Fuerzas Armadas. Muchas regiones han pedido ayuda a la Unidad Militar de Emergencias UME, entre ellas llama la atención la de la Alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que el 9 de marzo de 2016 hizo un desplante sin precedentes a los militares en el Salón de la Enseñanza de Barcelona y le dijo al representante de la academia militar allí presente: “Ya sabe Vd. que nosotros como ayuntamiento preferimos que no haya presencia militar aquí, simplemente para separar los espacios”. Bajo mi punto de vista ese, justamente ese, era el mejor espacio para dar a conocer una profesión que hoy en día ya no significa salir con el rifle a cuestas si no que es vital para la protección de la población ante situaciones de catástrofe por lo que constituye una vocación admirable.

Disciplina, coraje y heroísmo es lo que ha pedido el Jefe del Estado en su mensaje a la población. Difícil va a ser porque estábamos ya muy mal acostumbrados instalados en la prepotencia de nuestros egos y la exaltación de nuestros derechos.

Sin lugar a dudas son tiempos de introspección.