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El virus del fanatismo

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Éramos felices y no lo sabíamos, somos muy fuertes y no lo sabíamos. Cuando esto acabe, algunos querrán olvidarlo todo. Yo no quiero olvidar nunca el generoso esfuerzo de tanta gente de la que hay que estar eternamente agradecidos, porque son héroes y no lo sabían.

El molt honorable president de la Generalitat acusó al gobierno de la nación de hacer política con el coronavirus sin adoptar medidas eficaces para contenerlo. Quizá crea más eficaz apartarse del conjunto de presidentes autonómicos y líderes de partidos políticos agavillados todos para hacer unidos un frente común contra la pandemia. Mientras tanto, la exconsejera Clara Ponsatí, huida de la justicia, ironizó ofensivamente con el elevado número de fallecidos en Madrid por el Covid-19. Parece que quien era su jefe, Carles Puigdemont la jaleaba sin advertir lo siniestro que resulta el humor negro de tan mezquina ocurrencia. El concejal de la CUP en Vic, Joan Coma, tuiteó el jueves 19 de marzo «si vemos al ejército abracémoslo fuerte mientras les tosemos en la cara, igual así se van y no vuelven más». La ocurrencia no puede ser más mezquina, la verdad es que no hay otra cosa más infinita en este mundo que la estupidez humana, cuando una semana después de estar enclaustrados en casa, el gobierno anunciaba otros quince días más de estado de alerta y me temo que no bastará.

El grave problema de la pandemia que sufrimos, aparte del drama sanitario y financiero, revela la poca altura moral de algunos políticos, su falta de escrúpulos, el sarcasmo a destiempo, voces destempladas, fanáticos por encima de lo grave que es la situación, y no solo para nuestro país. En definitiva, una forma gratuitamente repulsiva de pregonar sin gota de gracia su fanatismo hasta en las peores situaciones.

Personalmente me parece increíble que en unos momentos en que nos estamos jugando la salud miles de compatriotas, haya gente como Clara Ponsatí o el descerebrado de la CUP pregonando sus fobias.

Cuando esta situación acabe, nos quedará llorar a los muertos y quizá mirar asombrados, apesadumbrados por un mejor decir, como por encima de la economía ha pasado con su siniestro galope el peor caballo de Atila, dejándola poco menos que arrasada, con miles de trabajadores en el paro, y puede que aun siendo todo esto muy malo, aún nos toque ver, Dios no lo quiera, como la UE se puede estar resquebrajando. Los vaivenes de la política no han conseguido separarnos pero en ese aspecto me da pánico la patología destructiva del covid-19. Haciendo mía la profecía de Stephen Hawking, a Europa no la va a desmembrar el euro o los egoísmos políticos de sus dirigentes, si no un virus.

Todo eso son ahora utopías, elucubraciones en verdad funestas, pero es que estamos en una situación dramática y me temo que si no en todo, en parte, las consecuencias por venir pueden que sean esas. Mientras tanto, hay gentes que ejercen de políticos sin alma, solo alumbrados por sus intereses o mejor será decir deslumbrados, como la lechuza, que cuanta más luz tiene menos ve, aunque a estos lo que les deslumbra son sus ancestrales rencores que lanzan sin pudor vaharadas de su pestilente condición, sin un centímetro de altura de miras que les adornen, y aun así, arrastran tras de sí a un séquito de seguidores, como tantas veces ha pasado sin que sea necesario dar nombres y fechas, basta con mirar un poco hacia atrás. Otros por el contrario, sacan lo mejor de sí para que los ánimos no decaigan como decía al principio de este artículo.