La columna

Las ciudades

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Recuerdo uno de los libros de mi infancia «Sin familia», de Hector Malot, en una edición de Bruguera, colección Corinto, que además del texto incluía viñetas en blanco y negro, como si de una novela gráfica se tratara. Trata de un niño huérfano que es vendido a un artista callejero con el que recorre Francia hasta encontrar a su verdadera familia.

Pienso que a veces nuestras ciudades son como familias en las que nos conocemos todos, y que como el ser humano están sometidas a los cambios que nos impone el paso del tiempo. Son ciudades pequeñas, donde surgen tipos populares a los que conocemos desde siempre y con los que nos acostumbramos a convivir como si formaran una verdadera familia. Hasta que mueren y desaparecen, ya no los vemos pulular por las calles, decimos «Ai, no li treu gens, ser mort!» y llega un momento en que nuestros hijos creen que chocheamos cuando hablamos de ellos, porque nunca los llegaron a conocer. ¿Es posible que no sepas quién era el rico del pueblo? ¿Nunca viste al que vendía golosinas en la esquina? ¿Tú crees que me puedo inventar al memo que rondaba las calles hasta el anochecer? ¿Nunca oíste hablar del que andaba siempre a saltitos como un sapo? ¿No sabes la historia del famosísimo delantero centro del pueblo? Lo que pasa es que tú no recuerdas ni a tu tía… El paisaje humano ha cambiado, todos esos tipos sóoo siguen viviendo en nuestra mente, y la ciudad de la que hablamos ya no es la misma debido al paso inexorable del tiempo.

Es el ciclo de la vida, pero aplicado a todo el mundo. Los humanos cambiamos la ciudad a nuestro antojo, y luego queremos que se conserve tal y como la guardamos en la memoria. Transformamos el paisaje urbano, y la vida se encarga de transformar a los seres que se alojan en nuestra ciudad. El ciclo de la vida es implacable; apenas aprendemos a caminar cuando ya tenemos que acudir a la escuela para formarnos y ejercitarnos en la convivencia con otros niños. Cambiamos la voz en la adolescencia, aparece el deseo sexual, buscamos amigos. Llegamos a la juventud y queremos cambiar el mundo, un mundo nuevo, ancho y ajeno. El control emocional debería llegarnos con la edad adulta hasta alcanzar el umbral de los sesenta, pese a que hoy en día pretendemos prolongar la juventud hasta la vejez.

Pero se supone que la senectud acarrea enfermedades y desinterés por la vida en general, tal vez por eso nos resistimos a envejecer y quisiéramos renovarnos y renovar nuestro paisaje humano como las ciudades.