Contigo mismo

Wuhan, Roma, Madrid, tú…

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Habéis sido -has sido-, en ocasiones, malos estudiantes… Pero un diminuto ser os ha dado no una, sino múltiples lecciones…

A.- La lección de vuestro cinismo. Wuhan caía lejos. Ironizasteis, incluso, sobre ese recóndito lugar. Bromeasteis. Erais, a la postre, europeos, invencibles, superiores... «Solo los tontos mueren» –exclamó Mario Puzo-. Pero vosotros –tú- no erais tontos. Al parecer. La muerte era, según el mismo autor –crees recordar-, «eso que únicamente le pasa a los otros». Y olvidasteis el latín al obviar aquel «Homo sum, humani nihil a me alienum puto» («Soy un hombre, nada humano me es (o debería ser) ajeno.») Publio Terencio Africano acertaba con la herida… Y esquivasteis, igualmente, aquellos versos del pastor protestante Martin Niemöller, erróneamente atribuidos a Brecht, en los que denunciaba, aludiendo a la barbarie nazi, el egoísmo y la cobardía humanos: «(…) Más tarde se llevaron a los intelectuales, /pero como yo no era intelectual, tampoco me importó./ Después siguieron con los curas,/ pero como yo no era cura, tampoco me importó. / Ahora vienen a por mí, pero es demasiado tarde.» Ahora, sí, Wuhan os recuerda –como Verne- que el mundo ha empequeñecido… Y Terencio os habla para reprenderos: nada de lo humano os es ajeno… O Niemöller… Porque el bicho ha venido a por vosotros… ¿Demasiado tarde?

B.- La lección de vuestra ñoñez. Vuestra –tu- cuarentena os parece insufrible. A excepción de quienes ven en ella una oportunidad (¡Gracias!), otros la viven como un suplicio. Y, desde sus no aceptadas trincheras, algunos malnacidos claman contra los ancianos y sugieren, sutilmente, incluso, encubiertas eutanasias para quienes hicieron posible, sin embargo, y desde el más riguroso de los anonimatos, el mundo de confort en el que habitan sus silentes verdugos. Muchos nacieron a principios del siglo XX. Sus padres padecieron la denominada gripe española que, originada en Francia, se cobró, en tres años, la vida de quinientas mil personas y asistieron a una guerra mundial. Ellos a otra y los metieron, por ende, en una vomitiva guerra civil; sufrieron las estrecheces de la postguerra; presenciaron la vergüenza del muro de Berlín; Vietnam; el horror nuclear; la desigual distribución de la riqueza; el/la… No obstante, le echaron coraje a la cosa: democratizaron este país, construyeron un sistema sanitario que muchos imbéciles recortaron; tuvieron hijos, se pluri emplearon para darles un futuro y los salvaron en la crisis de los 80. También supieron reconciliarse gracias al hoy tan cuestionado espíritu del 78 (impensable con la actual ‘clase política’) y hasta fueron capaces de ponerse de acuerdo en los Pactos de la Moncloa, a los que, curiosamente, se vuelve nuevamente a aludir por cuestión no de conciencia, sino de pura necesidad… Tarde, mal y a un precio muy alto…

C.- La lección de vuestro «mirar hacia otro lado»… Antes de la pandemia (y son datos no actualizados), niños afganos, refugiados en Pakistán, de entre cuatro y seis años, se afanaban en fábricas de ladrillos y a pleno sol. Su trabajo consistía en dar la vuelta a cada pieza para que secaran más rápidamente al sol. En la capital salvadoreña, buitres y niños se disputaban los restos de la opulencia en los depósitos de basura. Doscientos veinte millones de niños trabajaban en el mundo como auténticos esclavos. Otros cien vivían y dormían –viven y duermen- en la calle. Diez millones eran/son víctimas de la explotación sexual. El cincuenta y cinco por ciento de los niños que morían –mueren- lo hacían por desnutrición… Y mirabais hacia otro lado desde la inacción…

Hasta que llegó él, desde Wuhan y os pasó la cartilla. En este momento anheláis ser mejores. Efectivamente, ya lo sois. Pero, cuando la pesadilla acabe, ¿habréis aprendido? ¿Durará la bonhomía? ¿O actuaréis como esos malos estudiantes que, una vez concluido el examen, olvidan sus contenidos? ¡No lo permitáis! ¡No lo permitamos! ¡Esta vez no!