Contigo mismo

Inocentes

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Durante semanas os habéis comportado como niños. Tú, el primero. Como esos, sí, que, alborotados por el regalo de un puzle, obvian el axioma de que, luego, tendrán que ordenar cada una de las piezas para obtener la imagen final. Habéis aplaudido de buena fe, y merecidamente –que quede claro-, cada día, a cuantos, en la impensable batalla, han permanecido heroicamente en la vanguardia. Esa acción os ha hecho sentir buenos. Y lo erais. Ese ha sido vuestro opio. Como, en tiempos de libertad, lo eran las corridas de toros o los partidos de fútbol. Y una idea estimulante se repetía en los NODO que no cesan: «Constituís un país solidario, ejemplar». Y así, embriagados, no os preguntabais si las cosas se estaban haciendo realmente bien por parte de quien dirige el cotarro…

¿Y si ordenáramos las piezas?

Pieza número uno. 31 de enero. Asistes a la consulta de una especialista. Tu padre, que era un buen padre y un santo, te había instruido en lo que solía denominarse ‘buena educación’. Por tanto, al despedirte, intentaste darle la mano a la doctora. La rechazó. No era nada personal –te tranquilizó-. Era mera precaución ante el… E, inmediatamente, se frotó las manos con esos líquidos desinfectantes que, gracias al gobierno, se pueden adquirir sin dificultad en cualquier farmacia. Este hecho –al que entonces no diste mayor importancia- implicaba que ya a finales de ese mes, la Sanidad Pública tenía conocimiento de lo que se avecinaba…

Pieza número dos. 45 días antes de que se decretara el estado de alarma, eran incontables los especialistas y epidemiólogos que alertaban sobre la pandemia. En un documento, con fecha seis de marzo, que, a pesar de las trabas impuestas, logró salir a la luz, se advertía de la peligrosidad del virus y se recomendaba, para no contraerlo, una separación entre personas de dos metros (y no de uno y medio como se diría después). Este documento obraba en poder de Fernando Simón quien, no obstante, dejaba al libre albedrío de su prole asistir o no a la manifestación del día ocho de marzo. Y, a pesar de ello, tal vez por mera cobardía, se autorizaban manifestaciones feministas (triste favor el que se les hizo) mítines políticos y encuentros deportivos.

Pieza número tres. En las televisiones privadas/ subvencionadas/controladas se seguía distrayendo al pueblo con lemas al más puro estilo franquista: este es un gran pueblo. Pan y circo en pro del emperador Sánchez…

Pieza número cuatro. Comienza el frenético festival de la falacia. Nadie podía prever algo así –exclamaba, buscando misericordia, la clase dirigente-. ¿Acaso no existían precedentes? ¿Acaso no había ocurrido nada en Italia, tan próxima y hermanada? ¡Por Dios!

Pieza número cinco. La verdad, que comienza a emerger, ha de ser soterrada o, cuando menos, maquillada. Aprovechando la que está cayendo se elabora una sutil, y por sutil peligrosa, operación en contra de los medios de comunicación no afines, mientras se engorda a los servidores del triunvirato (aunque sea solo de dos).

Pieza número seis… La evidencia del caos: cifras contradictorias, picos fantasmas, subidas y repuntes, improvisaciones varias, etc. Paralelamente, se compra material sanitario que no alcanza o no llega o se adquieren pruebas analíticas que no sirven… Mientras, los guerreros de la vanguardia, vuestros sanitarios, médicos, policías, militares, limpiadoras, curas, ocupan elevados porcentajes en el número de muertos…

Pieza número seis… Los obreros, por orden gubernativa, vuelven al tajo… La economía lo exige. Y, mientras tanto, las televisiones amigas, reciben quince millones de euracos…

Podrías seguir, pero la imagen es sobradamente elocuente… Una imagen que causa terror. ¿En manos de quién/quiénes estamos? ¿Y en esas manos ahora tendréis que confiar vuestra ‘vuelta a la normalidad’? ¿Resistiréis?

Pero ya son las ocho y tienes que salir a aplaudir… A quien, al más puro estilo de Cary Cooper, se lo merece, por estar, verdaderamente, solo ante el peligro…