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A F. Ibáñez, desde tu más profunda admiración…

El Superintendente, enojado, miró a su nuevo jefazo en la reunión subrepticiamente convocada en el C.N.I. / T.I.A. Mortadelo compartía con el super su irritación: aquel mandamás era un recién llegado y, para más recochineo, lucía coleta. Mortadelo acarició, herido, su dolorosa calvicie mientras observaba al comité de expertos que el Presi había nombrado y que, ahora, aguardaba, expectante, las palabras del infiltrado: el Vicepresi, Pablo Catedrales, alias el Coletas

- ¿Qué hacemos con los niños? –preguntó el ínclito varón-.

- ¡Que salgan con sus padres, pero solo para ir al supermercado, a la farmacia o al banco! –propuso Rompetechos, el cegato-.

- ¡Bien! –apostilló, irreflexivo, Paulus Catedrales, mientras Ofelia redactaba acta y ojeaba de soslayo a su amado Mortadelo-.

- Quisiera… Quisiera presentarles -farfulló el profesor Bacterio- un invento harto útil a tal efecto…

Mortadelo y Filemón temblaban. Y es que la experiencia…

- Se trata –continuó el insigne científico- de dos brazos ortopédicos… Así, cuando el padre/la madre acudan al mercado con sus hijos, podrán comprar con mayor facilidad. A saber: primera mano natural para sujetar al hijo; segunda mano natural para arrastrar el carrito; primera mano postiza para coger los productos y segunda mano postiza para empujar a los clientes que se aproximen en demasía…

- ¡Brillante! –exclamó el Coletas-. Pero, ¿quién los fabricará?

- En nuestro equipo de científicos tenemos a todo tipo de profesionales. De la tarea se ocuparán los inefables Pepe Gotera y Otilio

- ¡Fantástico! –agregó el Vice-. ¿Y han llegado ya las dos toneladas de mascarillas?

El Superintendente palideció…

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- Verá, efectuamos el encargo al Botones Sacarino y se produjo una pequeña confusión: nos han remitido dos toneladas de patatas… El Botones entendió «patatas peladas de las más carillas». Por ende, el encargo, repetido, nos ha llegado defectuoso…

- ¡Joder! –vociferó el Vice-. ¡Deme su zapatófono que llamaré a La Séptima para que nos haga un apaño televisivo! ¿Y cómo anda la cosa? –inquirió seguidamente el el Coletas.

Filemón, con su proverbial elocuencia, sentenció:

- Parece que hemos llegado al pico, pero el pico ha sido más alto de lo que parecía en un principio, así que puede que hayamos llegado o no, aunque quizás lo alcanzamos anteayer o lo alcancemos mañana. Un día de estos, seguro. De lo que se deduce que unos días vamos bien y otros mal y viceversa y que hay picos y picos, por lo que las desescaladas serán también distintas, pero cuando lleguemos a ellas, pues, como diría Cantinflas, «ya se verá» o «no se me adelanten, pero tampoco se me atrasen»… Aunque la parte contratante de la…

El Superintendente, al borde del infarto, le hizo callar…

- ¿Y la censura encubierta?

- Sin problema, Sr. Coletas. Pepe Gotera y Otilio van de puerta en puerta, escuchando tras ellas con un embudo. Y si alguien osa criticar al Presi damos parte a las fuerzas de seguridad para que le arreen una colleja de ahí no te menees…

- ¡O.K.! –sentenció el Vice-. ¿Y el estado de opinión?

- ¡Controlado! –aseveró Mortadelo-. Por una parte, nuestros portavoces son capaces de hablar diariamente quince minutos sin decir absolutamente nada y proclamar, eso sí, las grandezas del gobierno. Por otra, hemos convertido la nación en una enorme Rue del Percebe,13 En cada bloque de viviendas se sale a aplaudir a las ocho y, así, entretenidito, el personal no cuestiona nuestra gestión…

- ¡De acuerdo! Solo un ruego final: que, bajo ningún concepto, se entere el pueblo de quiénes forman nuestro equipo de científicos en el que decimos basar nuestras decisiones –concluyó Paulus-.

El Superintendente, Mortadelo, Filemón, Rompetechos, Ofelia, el profesor Bacterio, Pepe Gotera, Otilio y el botones Sacarino se miraron, unos a otros, irritados, pero acabaron por asentir:

- Sus deseos son órdenes para nosotros, señor Vice

Y Ofelia cerró su bloc de notas, mientras le guiñaba un ojo a un ruborizado y anonadado Mortadelín…