La columna

Nada está perdido

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Ahora, con la crisis que se nos viene encima, creo que vamos a tener que volver a empezar. He oído comentarios asegurando que la temporada turística está perdida, que muchas personas van a quedarse sin empleo, que vamos a tener que apretarnos el cinturón por mucho que hayamos engordado durante la cuarentena. Creo que fue un diputado de apellido rufianesco quien dijo que «habrá más pobres que muertos». Y es posible que sea verdad. Es posible que volvamos a los años cuarenta o cincuenta, cuando todavía coleaba la postguerra, aunque ganemos la guerra del virus. Pero ánimo, nada está perdido; mientras hay vida, hay esperanza. Lo dijo Julio Cortázar: «Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo».

Pero no se apuren; no creo que volvamos a la televisión en blanco y negro, a los dos canales y al «Un, dos, tres» de Chicho Ibáñez Serrador, al «Vamos a la cama que mañana hay que madrugar». No creo que volvamos a olvidar la cartera mientras nos vamos comiendo los donuts camino del colegio, simplemente porque no sabemos cuándo volverá a haber colegio y desde luego no habrá clases masificadas de cincuenta alumnos asustados ante la autoridad sin límites del maestro. No creo que volvamos a las noches a la luz de un candil parpadeante, porque la central eléctrica tenía avería –aunque en Menorca ya vivimos algo parecido cuando se cayeron tres torres de alta tensión. No volverán a repartir el hielo los triciclos medio bicicleta, medio caja forrada de zinc, pese a que esto de los triciclos con un guía-ciclista aún se vea en la India donde se le llama rickshaw. No volveremos a jugar en medio de la plaza con pavimento de tierra batida y apartarnos para dejar pasar a los pocos coches que se atrevan a circular. No volveremos a asistir a la matinal de cine por una peseta rubia, ni a comprar un helado de media peseta en el carrito ambulante que se anunciaba con una trompetilla estridente. Cuando el virus nos coja sin confesar no volveremos a recibir en el trasero quince inyecciones o más de penicilina que nos salvaban de la muerte. No volveremos a bañarnos con zapatos de goma en la escalera del puerto. No volveremos a temblar con los Ejercicios Espirituales y la Oración para la Buena Muerte: «Cuando mis ojos vacilantes y desencajados por el horror de la cercana muerte fijen en Vos sus miradas lánguidas y moribundas, Jesús misericordioso, tened piedad de mí». Volveremos a empezar, pero nada será como antes.