Contigo mismo

La otra orilla

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Llevas –como ustedes, salvo deshonrosas excepciones- soñando toda tu existencia en el advenimiento de un mundo perfecto, utópico. Pero no la vida, sino el hombre, se ha obstinado en ir quebrando ese sueño… Cuando no la propia etimología de la palabra utopía, que te habla de un «lugar inexistente». Sabes que jamás acariciarás la quimera, la otra orilla, pero te empecinas –como ustedes, repites- en seguir braceando para no hundirte en el ‘lodo’. Los sueños constituyen el mejor acicate para continuar hacia lo imposible… Necesitáis quijotes y os sobran escuderos que no tienen, precisamente, la talla de Sancho Panza…

En la nueva normalidad («¿la hubo?», te preguntabas hace apenas unos días) esa búsqueda, ese afán en la consecución de un orbe óptimo no debe ser un ornamento, sino una necesidad… Y una oportunidad…

Una oportunidad para efectuar globalmente, pero también de forma individual, un profundo examen de conciencia. En el ‘antes’ de la pandemia convivíais con la miseria absoluta de muchos y la riqueza de pocos. Y nadie era ateo, porque tú/vuestro dios era el mismo y su nombre era cash. En palabras de Voltaire: «Quienes creen que el dinero lo hace todo, termina haciéndolo todo por dinero». Y, efectivamente, hicisteis de todo: desde vender armas y cualquier tipo de indignidad hasta mirar hacia otro lado… ¿Cuántos hombres honestos por necesidad no se habrían corrompido de haber tenido la coyuntura adecuada?
Una ocasión, igualmente, para que los poderosos del mundo tomen conciencia de su fragilidad y asimilen los versos manriqueños referidos a una muerte radicalmente igualitaria: «allegados, son iguales los que viven por sus manos e los ricos». Y, tras asimilarlos, actúen de forma distinta, socialmente justa...

Un tiempo en el que, por fin, los políticos se sientan servidores del pueblo y no sus reyezuelos, haciendo de la ejemplaridad una norma de conducta porque no cabe ya el engaño: ¿cuántas señorías ejercen su labor verdaderamente por amor al otro y no por un afán de dinero y/o poder? ¿Excepciones? ¡Seguro! Excepciones, sin embargo, de alto riesgo y corta trayectoria…

Una era para replantearse la función de los ejércitos, que han de mudarse en colectivos de científicos, de investigadores, de informáticos, de médicos, de expertos en situaciones de extrema gravedad… Porque el enemigo es hoy otro: invisible, letal, barato… Y en un momento puede cambiar la faz de la Tierra…

Un tiempo para potenciar una educación no primordialmente tecnológica, sino principalmente humanística y ética. Esa humanidad y esa ética que, en gran medida, os ha sostenido durante el confinamiento y que habrá que reforzar ante lo que se avecina. Porque de lo que más os habéis sentido urgidos ha sido, precisamente, de esa humanidad…

Los niños, desde la inagotable sabiduría de su inocencia todavía no mancillada, lo han sabido expresar magistralmente. En su encierro han echado en falta no objetos, sino personas: sus abuelos y sus amigos del cole. Y han valorado hasta el extremo la mayor presencia y compañía de sus padres.

Un momento para incidir en que la Naturaleza ha de ser respetada y no ultrajada. Que cuidadín con alterar su orden, que por algo está ahí. No sea que os ocurra, entre otras, como lo que a ese pueblo extremeño en el que, tras incesantes batidas de águilas culebreras, sus calles se llenaron de serpientes de toda índole y condición.

Un instante, igualmente, para reconocer vuestra cuota de responsabilidad y actuar en consecuencia, desde el civismo y la virtud…

La Humanidad ha vivido pandemias, guerras, aberraciones ininteligibles como el nazismo, amenazas de extinción y un sinfín de hecatombes. Y dijo que aprendería. Que aprenderíais. Pero, tras un volátil destello de cordura, os quedasteis, como siempre, en mitad del río, sin bracear, agarrados a la pueril excusa de que la utopía, de que la otra orilla era inalcanzable. ¿Qué harás/haremos al alba que ya se adivina?