Te diré cosa

De sueño a pesadilla

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He tenido un sueño. Una pesadilla diría. Consistía en que nuestros gobernantes se mofaban de nosotros. Se veía por ejemplo a Sánchez, justo antes de una rueda de prensa, que se partía de risa con uno de sus asesores mientras le maquillaban. - «Tú di que todo lo haces por ellos», decía el asesor entre risotadas que hacían apenas comprensibles sus palabras. Sánchez no podía siquiera articular una respuesta dados los espasmos que le provocaba el ataque de risa. No se bien a qué se referían, pero la maquilladora parecía menos divertida a pesar de que el chiste parecía bueno.

A continuación de esta escena y a escasos metros (ya saben cómo son los sueños, no respetan la lógica) aparecían Iglesias y Montero, pero no en la Moncloa sino en su casa. También se reían mucho. Oí perfectamente cómo Irene le decía a Pablo: -«Si queríamos solucionar el problema del derecho a una vivienda digna teníamos que dar ejemplo, ¿no?». Iglesias sonriendo, se giraba hacia ella con cuidado para no salpicar el mobiliario de jardín con la manguera con la que regaba alegremente el césped y contestaba: -«si, esto lo estudiábamos en tercero de ciencias políticas: el derecho a la vivienda digna empieza por buscársela uno mismo». Entonces se le escapaba un amago de risotada, pero conseguía abortarla a tiempo.
Y así con todos. Abascal se tomaba unas cañas con un grupo de amigos, todos a lomos de sus caballos frente al seto del chalet donde Iglesias refrescaba su pradera, participando aparentemente en un escrache de lo más colorido. De hecho parecía el Rocío. Abascal explicaba a sus colegas cómo había conseguido, mediante hábiles movimientos políticos, ganarse bien la vida hasta la fecha sin tener que poner su patrimonio en la ruleta de la fortuna como hacen esos idiotas de los autónomos. Hasta los caballos celebraban la gracia con sus relinchos.

Allí mismo había un chiringuito (una carpa que parecía el Senado; nueva incongruencia onírica) donde alguien impartía una clase magistral. Los asientos del alumnado estaban ocupados por el resto de nuestros conocidos (y amados) líderes: Casado, Arrimadas y los demás espadas menores, portadores éstos de estandartes con la leyenda ¿qué hay de lo mío? El conferenciante les instruía:

-«Vosotros prometed, no os cortéis un pelo. El oro, el moro y lo que haga falta. Un ojo puesto en las encuestas y otro en los movimientos del adversario. Pensad que luego se les olvida y os vuelven a votar. Son como niños».

Casado daba un pequeño codazo a Arrimadas para que acercara el oído:- «Yo voy a prometer bajada de impuestos; con Mariano coló», susurraba en voz baja para no interrumpir la clase. - «Pues yo me voy otra vez al centro como hizo al principio Rivera, parece que allí pican más los peces». Entonces Casado no pudo contener la risa y tuvo que llamarles la atención el ponente, que ahora tenía cara de José Mota y aconsejaba a la audiencia:- «Si, si, pero hoy no...mañana!»

Total, que un pitorreo.

Luego vino la psicofonía. Ya todos los personajes habían desaparecido. La voz enumeraba una serie de empresas públicas semi opacas, otra lista interminable de oficinas, institutos, observatorios y qué se yo cuántas duplicidades y chiringuitos de los cuales se sospechaba -con suficiente certidumbre al parecer- una perfecta inutilidad. Aseguraba la enigmática voz que los sueldos que en estos despachos se repartían eran jugosos (de 50 mil pavos para arriba); que el gasto sumaba la escalofriante cifra de ¡diez mil millones de euros!
Me desperté del susto.

En realidad no tengo muy claro si la última parte de mi pesadilla formaba parte del sueño o era una audición nada paranormal. Podría ser, ya que a veces me quedo dormido escuchando alguno de los excelentes contenidos que ofrecen algunos podcasts, y estos se van encadenando por defecto hasta que no le das al off; pero me niego a creerlo: me parece imposible que nuestros benefactores, conocedores -se supondría- de tamaña felonía no pusieran freno a esa sangría en vista del descalabro que se avecina, toda vez que he oido que se quieren recortar el sueldo por pura solidaridad. ¿O esto último lo soñé?