Vía libre

Apuesta recíproca

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Por mucho que el presidente Sánchez haya anunciado que el turismo volverá a España en julio ­–será si quieren y pueden, o si no han escogido ya Portugal, Grecia o Croacia–, los peores augurios se han cumplido para algunos pequeños negocios en Menorca. El coronavirus se los ha llevado por delante, algunos eran florecientes el verano pasado y otros, ya con dificultades, han tenido en el estado de alarma la estocada final. La parálisis provocada por la pandemia ha puesto de relieve muchas cosas: las diferencias sociales en vivo y en directo, desde cuentas de Instagram de pobres confinados en sus jardines y de confinados pobres en pisos, compartidos o no, pero de esos que con 50 o 60 metros cuadrados y sin balcón se creían más que suficientes para una pareja o una familia antes de esta crisis.

Ahora hay estudios que muestran también cómo no ha disminuido la brecha de género en el hogar, sino que en muchos casos se ha incrementado, con la mujer cargando con sus tareas y las de los demás en la mesa del comedor. El reparto de roles no ha mejorado con el teletrabajo. Pero sobre todo salen peor parados los que lo han confiado todo al turismo, y no solo en destinos como el nuestro, también en grandes ciudades como Madrid o Barcelona, donde barrios enteros fueron expulsando al vecino de toda la vida porque el turista era más rentable. ¿Hemos olvidado ya que en Eivissa por ejemplo se alquilaban balcones y que aquí buscar casa, compitiendo con Airbnb, tampoco era fácil?

Apostar todo a una misma carta está dificultando ahora la supervivencia de muchas empresas, más que nunca se mira hacia el cliente local, ahora depende de nosotros reanimar aquellas actividades que intentan volver a la normalidad, pese a que los bolsillos están maltrechos. Ese esfuerzo colectivo es necesario, pero la apuesta por lo propio debería ser un viaje de ida y vuelta, no solo un recurso cuando todo lo demás falla, sino tener una continuidad en el tiempo siempre que sea posible. El consumidor local y el vecino del barrio no deberían ser un segundo plato en tiempos de vacas gordas.