La columna

Cómo explicas yo a los guiris

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Cada vez que veo en la tele el programa de Drew Pritchard, un anticuario espabilado que ha logrado hacer de su negocio una especie de culebrón televisivo, me acuerdo de Ray, un guía turístico que pululaba por Los Delfines, allá por los años ochenta. Los Delfines es una urbanización situada muy cerca de Ciutadella, donde se alzan hoteles grandes y no tan grandes, tiendas de souvenirs y un par de calas muy frecuentadas, además de restaurantes y demás.

Ray tenía un cierto parecido físico con Drew Pritchard, y como él un carácter muy peculiar. Le gustaba el salmón ahumado con tortilla y mantequilla y desde luego la cerveza. En su juventud había sido batería en Londres, y decían que era muy bueno. Llamaba a su mujer, Jo, «la bruja», con una pronunciación muy curiosa, porque lo cierto es que no le hacía mucho favor al español cuando lo hablaba. Por ejemplo, cambiaba los acentos, en lugar de Es Molí, decía És Mòli y cambiaba también el género y número de las cosas, decía por ejemplo «el casa», «el carreteras» o «la fútbol», «la reloj» Pero lo más chocante que le oí decir fue en ocasión de la «fiesta del bien» «el día del cordero» -Es dia des be- que en Ciutadella precede a las fiestas de Sant Joan. Un diumenge des be lo vi llegar sudoroso al bar restaurante que regentaba mi hermana Claudia con mi cuñado Pedro Comellas, agotado, decepcionado y pidiendo a gritos una pinta de cerveza. Golpeó una mesa con el puño y exclamó:

-¡Cómo explicas yo a los guiris, hombre loco con cordero en cabesa!

Claro, para un inglés tiene que ser muy chocante ver a un hombre vestido con la piel de un cordero en pleno solsticio de verano, descalzo, con cruces pintadas sobre la piel y con una visera blanca acarreando un cordero rechoncho y más blanco que el cordero de Dios que quita los pecados del mundo sobre las espaldas. Un hombre, una nube de niños, un caballero noble vestido de frac, un abanderado, un caramillo, un tambor, un fabioler, dos guardiaciviles y todo un pueblo jaleándolos y disputándoselos en un centenar de visitas domiciliarias. Tiene que ser difícil de comprender para el adusto carácter nórdico, forzosamente tiene que parecer un hombre-loco-con-cordero-en-cabesa. Por supuesto que los ingleses hacen locuras más grandes, pero las hacen a la manera sajona, no a la mediterránea, nunca con nuestra alegría, nuestro desparpajo y por supuesto sin nuestra luz cegadora, cuando el sol se espeja en las aguas y el cielo es escandalosamente azul.