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La serie «la nueva normalidad se parece mucho a la antigua pero con mascarillas tiradas por las cunetas», estrena capítulo, el del transporte aéreo, eterno problema. Nos encerramos gustosos y dio resultado, la insularidad nos ha facilitado el camino hasta aquí: más de un mes sin contagios de covid-19 y ahora toca salir de la burbuja. Pero reabrir va a costar sangre, sudor y lágrimas, más de las habituales, porque los precios a los que las aerolíneas empiezan a vender los billetes con los principales mercados nacionales son desorbitados.

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Eso en un momento en el que el turismo español tiene que tirar del carro, con una economía dañada y cuando es mucho más fácil meterse cuatro en un coche e irse a cualquier destino de interior o playa en la Península. Alojamientos pequeños, casas rurales, campings parecen los elegidos por quienes empiezan a planificar sus vacaciones, sobre todo prima que se encuentren en un entorno próximo y seguro. Los que se aventuren a ir más lejos ¿pagarán hasta 320 euros por trayecto desde Barcelona? Hay dudas razonables. Las compañías fueron duramente castigadas por la pandemia y ahora nos van a castigar a nosotros para que cuadren sus números, y eso que aún no han reembolsado muchos de los billetes que no se pudieron utilizar durante el estado de alarma. Si a todo eso se unen medidas como la supresión del equipaje de mano en cabina, algo que ha permitido a la gente viajar a un precio más reducido, olvídense de muchas escapadas de fin de semana. Decir que las cosas pintan bien sería autoengaño. La aprobación de la prueba piloto para avanzar con el turismo alemán es sin duda la nota positiva, pese a que Alemania recomendó a sus nacionales no viajar a España, veremos cómo se resuelve ese escollo, y ayer entró en vigor la cuarentena para los viajeros que lleguen a Reino Unido, incluidos sus turistas que regresen del extranjero, ¿perderán 15 días encerrados por una semana al sol? En el terreno internacional se requieren negociaciones al más alto nivel que parece no se están produciendo. De los corredores seguros ni se habla y la coordinación europea, más necesaria que nunca, es inexistente.