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Muchos trabajadores han podido dejar su puesto de trabajo y se han confinado en sus casas junto a la familia. Otros, no han podido dejarlo, y por eso, su confinamiento durante meses ha sido atípico. Los payeses por ejemplo, porque las vacas no saben de confinamiento, y todos los días tienen que comer y ser ordeñadas. Un pastor tiene que carear su rebaño, con él irá su estampa de siglos, su borriquilla y su perro carea, mientras el ganado va disfrutando de la hierba fresca si la primavera ha venido generosa. El pastor se apoya en su cayado con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante y rumia los pensamientos de todos los días o quizá ni siquiera eso, porque su oficio hace siglos que dejó el pensamiento estabulado en aquellos pastores del tiempo de Moisés, que careaban su ganado por el Sinaí. Hoy solo analizan las cosas tal cual las ven. El virus, ese maldito bicho, dice mi amigo el pastor que es la consecuencia de andar metiendo las manos en lo que no saben.

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La granja de gallinas, esas sí que están estabuladas dentro de un jaulón de cuatro en cuatro, sin dar ni siquiera cuatro pasos, los que cuidan el negocio del huevo fresco, son los que han pasado los tiempos de esta pandemia como si la cosa no fuera con ellos, y es que el bicho no perjudica a todos por igual. Algunos se han contaminado y ni siquiera se han enterado, mientras otros, han estado meses en la UCI y además han quedado malamente, sobre todo de los pulmones. ¿Pero quién ha dicho que el virus tenga que ser equitativo?