Te diré cosa

Carreras, Reynés, Pons

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Desde la modesta posición de tabernero a pie de obra, constato con alegría la feliz reaparición en escena de parroquianos y amigos sobrevivientes del cataclismo. De las charlas entabladas en este contexto he extraído algunas conclusiones que me permito comentar con usted en la esperanza de que no sean del todo descabelladas.

Es opinión compartida por quienes han tenido la suerte de haber pasado el marrón en lugares agradables, en buena compañía, o en ambas circunstancias solapadas, que, aparte el descalabro económico (sufrido en distinto grado según ocupación y circunstancias de fortuna) y obviando la lógica preocupación por allegados y por la humanidad en general, el confinamiento ha resultado paradójicamente enriquecedor.

Hay quien ha descubierto que charlar con los hijos tiene su qué; éste aprendió a asar cordero en casa; aquel a tocar la guitarra; otro ha aprendido a escuchar los latidos de su corazón.

En mi caso, siendo de los afortunados, he descubierto multitud de cosas bonitas con las que no pienso aburrirles. Mencionaré sin embargo que mi llegada tardía a Menorca (finales de junio) me proporcionó una visión de la Isla como no la había sentido desde que la descubrí en el lejano 1980. La ausencia de turistas, siendo tan penosa para la economía insular, dejó al descubierto su inconmensurable belleza. Como no soy dueño del proceso de concatenación de mis pensamientos, una sensación me llevó a una idea, y ésta me condujo a otra de tal modo que se llegó a concretar un deseo utópico relacionado con el futuro de nuestra Isla.

Tenemos una joya. Sin embargo seguimos empeñados en darle tratamiento de bisutería.

Un arquitecto conocido de todos ustedes me iluminó recientemente sobre lo inapropiado de hablar de turismo «de calidad». Su razonamiento fue tan impecable que jamás volveré a utilizar esa expresión: la calidad no reside en el turista, sino en el servicio que se le ofrece. Un servicio de calidad atrae un turista con disponibilidad económica suficiente como para hacer buen uso de él. No juzgaremos la calidad de dicho turista (la desconocemos) pero sí podemos considerar como deseable su presencia entre nosotros por la doble ventaja que aporta el consumir servicios y productos locales versus comida basura/bebida a granel, tanto como su interés en recorrer los rincones emblemáticos de la isla que los «pulserados» nunca explorarán.

En este soñado proceso de profundizar en la calidad de la oferta (exponer la joya), me manifiesto (soy correoso en esto) esperanzado con el producto final resultante tras los múltiples traspiés sufridos en el asunto/culebrón «Puerto de Mahón». Reconozcamos que el proceso ha sido caótico (fallos en comunicación, implementación, costos extra etc). Aceptemos sin embargo (al menos yo lo pienso) que el resultado final aumenta la calidad del puerto: menos espacio para el tráfico, más para el paseo. Creo sinceramente que un vehículo circulando no hace caja. Un coche aparcado (no necesariamente frente a su destino final) y sus ocupantes paseando por el puerto sí hacen caja (y disfrutan más).

En este sentido manifiesto mi apoyo al proyecto de Hector Pons. La cagó en la implementación primigenia (sostengo), arriesgó (esto es seguro) en la iniciativa, pero supone un paso adelante (opino) que confío se redondee en el futuro. De hecho, me voy a pringar en este aspecto: creo que desde que tengo noticia presencial, los saltos adelante de los que el puerto ha sido beneficiario tenían dos nombres propios: Borja Carreras y Águeda Reynés. Hoy añadiría el de Hector Pons. Todos ellos arriesgaron: la mejora y ampliación de muelles (Borja); la construcción del ascensor con más carga de procrastinación de la historia moderna y la exploración de la peatonalización, sin olvidar la dinamización del centro (Águeda); la reciente ampliación del espacio dedicado a las personas, frente a los motores del actual alcalde.

De los tres valoro su esfuerzo.

(Nótese que pertenecen a distintos partidos. Agradezco a las personas su trabajo, sigo opinando que los partidos -todos - actúan como rémoras para la sociedad que los alimenta y remolca).