Te diré cosa

Pedaleo

|

Valorar:

Dedicado a Juan.


Continuando (me lo pidió Juan desde el Lac Leman) con las reflexiones coronaviradas de mi último artículo me sumerjo sin más preámbulos en la hipótesis madre. Imaginemos que nuestro confuso devenir histórico se adapta con cierta verosimilitud a la metáfora del hámster enjaulado que hace girar la rueda. Imaginemos ahora que se apaga la luz, se bloquea la noria y el hámster detiene su frenesí. Vuelve la luz; uf!, ha sido solamente una caída momentánea de la tensión. El hámster reanuda sus esfuerzos.

Pero, ¿qué pasa si un agente microscópico, tipo virus, ha fundido los fusibles y la rueda va a permanecer parada unos cuantos meses? El hámster dispone entonces de tiempo para pensar. Si yo fuera ese animal, aprovecharía el parón para salir de la jaula y echar cuentas. Resultado de mis cálculos: cuando vuelva la luz va a pedalear su primo.

¿Acaso no nos agrada ir a veces más despacio? ¿Acaso no nos gusta perder de vez en cuando el tiempo, charlar sin urgencias, mirar el horizonte, cantar canciones como las que cantábamos de niños en el SEAT seiscientos que nos llevaba a la costa con la abuela, los filetes empanados y la baca del coche llena de maletas y trastos de playa? ¿Acaso no nos proporciona mayor felicidad una buena sobremesa que un despliegue propagandístico de haberes ficticios o reales acumulados para el escaparate? A veces menos es más. A veces hacemos el canelo, destruimos todo a cambio de bien poco. A veces parece que no hubiera otro camino; seguir creciendo aún a costa de que el crecimiento suponga a medio plazo vivir en un charco de mierda y plástico.

Ya lo sé: destilo aroma naïf, pero la rueda del hámster, que supuestamente produce energía, en realidad produce también basura. Todos lo sabemos. No hacemos nada al respecto. El rebaño corre alocado hacia el precipicio. Fin de la conferencia.

En otro orden de cosas, que en el fondo es el mismo orden de cosas, respondo públicamente a un comentario privado de uno de mi más admirados columnistas y apreciado amigo.

¿Puede ser que mi humilde persona se haya tornado un antisistema? Por supuesto esta cuestión carece de relevancia para el mundo se mire como se mire, pero aún así, y a riesgo de caer en el ridículo, intentaré contestarla.

De haber arribado al «antisistemismo» (no confundir con antisemitismo, porfa), no habría sido ciertamente desde posiciones de la derecha (soy alérgico al señoritismo), ni de la izquierda (tanto Marx como Freud -opino- describieron con no poco rigor ciertos elementos penosos de la condición humana, pero ninguno acertó con la solución para corregirlos). Tampoco habría llegado al «antisistemismo» desde el centro (esto ya sería una pirueta notable).

Conclusión: de haber llegado a tal punto lo habría hecho desde mi propia inconmensurable decepción con nuestros amados parásitos. Mi instinto me dice que nos engañan (los unos, los otros, Maroto y el de la moto); y me dice que lo hacen desde hace mucho tiempo y desde todos los ámbitos del poder. Y creo que nos engañan porque la verdad sería infumable. Pienso que ninguno de nosotros saldríamos indemnes de una retirada absoluta de velos, pero de lo que estoy convencido es de que desde Sánchez/Iglesias hasta el más pintoresco de sus opositores velan por sus intereses con uñas y dientes. Usted y yo entramos en sus planes o sus preocupaciones exclusivamente en cuanto posibles votantes a camelar. Bien pudiera ser que encontrásemos en las cámaras legislativas o incluso en el gobierno algún «justo» como pretendieron encontrar en Sodoma y Gomorra; algún soñador comprometido con su ambición de mejorar su país. Que me perdonen tales héroes, y que no cejen en su empeño. Yo por lo pronto, me salgo de la noria. Seguiré pedaleando a mi manera para salvar los muebles, pero no me pidan entusiasmo ni votos, pues les perdí el respeto (ellos ayudaron voluntariosamente en este proceso).

Quizás peco de ingenuo, pero Julio Anguita (y juro que soy tan alérgico al comunismo como al bigote de Aznar) demostró que se puede ser coherente, honrado y luchador sin pasarse el día rodeado de asesores y maquilladores ocultando la bolita trilera.