Davall l'ullastre

¿Cuándo acabará de amanecer en España?

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Ni nuestro modo de vida, enmascarado y cauteloso, es el de antes de la pandemia ni el viejo ullastre es el mismo, colonizado por miríadas de mosquitos tigre que impiden, con saña renovada, el reposo del guerrero; nada es lo mismo en este verano distópico pese a que el Real Madrid haya ganado otra vez la Liga, lo que sigue siendo el mayor signo de estabilidad de la marca España. La pandemia bordea una segunda oleada, surfeada por millones de botellones lanzados a las olas por jóvenes juerguistas (¿pleonasmo?) incapaces de vislumbrar el apocalipsis, y por las terminales mediáticas de la Internacional Trumpista que convierten el uso de la mascarilla en una guerra cultural o en una demostración de libertad/ virilidad (el no llevarla).

Por si no fuera suficiente, estalla la macro crisis institucional con el abandono, huida, exilio o «ausencia temporal» del anciano monarca, y la gubernamental, con las estridentes disensiones sobre el Emérito entre ministros del gobierno de coalición. No parece que el resiliente Pedro Sánchez duerma muy tranquilo en la Moncloa, como anunció en su día que pasaría, esperando tragarse el sapo que un día sí y otro también le sirven en el desayuno el tándem Iglesias- Montero, ambos en su salsa con la implosión (controlada) de la monarquía. Tan perfecta es la tormenta que ni siquiera se habla de Catalunya y su procés incorrupto que ha pasado al plano de los asuntos pospuestos o procrastinados como dicen ahora los guais, con Torra, apretado por el virus, poniendo cara de gestor responsable. Por si faltara algo, el poder judicial español ha tenido que tragarse la rectificación de la Justicia europea a la sentencia de Arnaldo Otegui (seis años ilegalmente en la cárcel) y, ¡terror de los terrores de la derecha política y judicial!, la improbable pero no imposible perspectiva de la impugnación de los tribunales europeos a la sentencia del Procés…

El guirigay es de tal calibre que ni siquiera nos queda el consuelo de reformular la pregunta de Vargas Llosa en «Conversaciones en la catedral» a su alter ego Zavalita: «¿Cuándo se jodió el Perú?», porque aquí el país ha andado jodido casi siempre, preguntándose constantemente qué somos y adónde vamos, más portadores de follones eternos que de valores, si república o monarquía, si estado unitario, federación o confederación... Así como sabemos que Francia es la republique por antonomasia y el Reino Unido la monarquía más monárquica de la tierra, nosotros andamos permanentemente buscando las esencias sin saber qué queremos ser de mayores.

Ahora tenemos republicanos furiosos dispuestos al regicidio (virtual, se supone), republicanos encantados con las andanzas del Emérito y su amiga del alma por su potencial autodestructivo, monárquicos con sobrevenido fervor juancarlista compitiendo en elogios y ditirambos a su legado político, monárquicos histéricos que ven conspiraciones antimonárquicas hasta debajo de las piedras y gritan vivas al Rey por las esquinas… ¡Y qué decir del funambulismo gubernamental! Escuchar los circunloquios, balbuceos, medias verdades y justificaciones del secretismo real, por parte de ministros/as presuntamente progresistas, es pura justicia poética para quienes se declaran republicanos avant la lettre

En fin, qué pena tener que despedirme tan pronto del ullastre por asuntos insoslayables, sin que acabe de llegar nunca ese amanecer luminoso que prometían brazo en alto a nuestras escuadras infantiles después de vencer no sé a quién.