Contigo mismo

Soy un imbécil, doctora Contreras

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«De la conducta de cada uno depende el destino de todos»
Alejandro Magno.

Leo, emocionado, doctora Contreras, sus valientes declaraciones hechas a «Es Diari» con fecha 20 de agosto, las que comparto en su integridad. Adivino su decepción –que es igualmente la mía- ante el comportamiento de una parte, desgraciadamente muy importante, de la sociedad ante la pandemia, su desencanto, su miedo y, puede, que su rabia, que si la hubiera, estaría del todo justificada. Usted y los suyos se la jugaron, en primera línea, arriesgaron sus vidas y las de a quienes más querían. Y, tras efímeros y, por lo visto, hipócritas aplausos por parte de tantos, este ha sido su pago: olvido cruelmente prematuro, ignorancia de sus recomendaciones e irresponsabilidad propia de verdaderos criminales. Porque, a la postre, hay muchas maneras de matar a alguien y salir indemne, como diría Espido Freire.
Si le sirve de consuelo, pobre, le diré que siento lo mismo. Generalmente escribo estos artículos en segunda persona, con el técnicamente denominado «tú reflexivo». Un «tú» que me permite distanciarme de mí mismo, conversar con mi propio «yo», alejarme un tanto de mis convicciones a la búsqueda de la objetividad debida a los lectores y mirarme, así, como en un espejo, para cuestionarme verdades que, de otra manera, consideraría inamovibles. Pero hoy opto por la primera, porque esto ya es una cosa muy personal…
Me afecta, sí, personalmente, ver como locos «negacionistas» cuestionan la existencia del virus, cuando dos de mis mejores amistades la han ‘espichado’ por su culpa; me cabrea un whatsapp viral en el que se proclama que si no protestas por el cierre de discotecas, es porque eres, ya, un viejo. Y me lo tomo como un insulto, por el simple hecho de que lo es. ¿Viejo o responsable? – responderías, si pudieras-. Me parece igualmente vomitivo que un artista que careció siempre de talento y que solo llegó y sobrevivió en el mundo del espectáculo gracias al sostén de sus apellidos quiera hoy volver al ‘ruedo azul’ para incitar al suicidio personal y colectivo. Y, como docente, tras 37 años de profesión, defensor a ultranza de la juventud y de sus valores, me hiere de manera especialísima el inesperado y repugnante comportamiento de determinados adolescentes, de demasiados… Esos que pensarán, probablemente, que la muerte es cosa de los otros y que la cosa no va para con ellos. Hasta que un día la muerte llame a su puerta. Entonces pondrán cara de bobalicones y, tal vez, preguntarán al aire: «¡Ah! ¿Pero esto iba en serio?».
Doctora Contreras: soy un imbécil. Creí que con esta devastadora pandemia el hombre cambiaría. Durante el confinamiento elaboré una sección de mini artículos que, bajo el genérico de «Cuarentena», pretendían, por una parte, ayudar anímicamente a los que, tal vez en soledad, vivían aquellos momentos duros y destacar, por otra, los valores morales que, redivivos, creía percibir en la sociedad. E insistí en esas convicciones en artículos posteriores… Al igual que la paloma de Alberti, me equivoqué, me equivocaba…
Ese ha sido, probablemente, uno de los golpes más duros de cuantos he recibido en mis sesenta y tres años de existencia. Por eso puedo meterme en su piel y percibir la desilusión y la quemazón que, con toda seguridad, y de manera totalmente inmerecida, anidan en su corazón…
Y cierro con una pregunta no menos aterradora: ¿qué más deberá pasarle al hombre para que, de una puñetera vez, muestre un mínimo de decencia?
2 Creí en el advenimiento de una utopía. Soñé en ella. Y hoy me despierto en un lodazal. Únicamente espero que sus palabras sirvan para abrir las conciencias de muchos, si las tuvieran. Y, mientras, en el duelo, reciba mi modesto respeto, gratitud, comprensión y afecto… Tenga la certeza absoluta de que usted y los suyos, en su heroica lucha, no están solos, porque por ahí aún queda gente, ajena a esos estúpidos sin carné, que transita con inteligencia, con ética, con responsabilidad, gente que se ama a sí misma pero también a los demás…