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Permíteme, querida Bankia, que te tutee. Al fin y al cabo soy mayor que tú, hemos pasado buenos ratos juntos, y te he confiado mis ahorros. En realidad los confié a Sa Nostra, pero esa cadena de fagocitaciones a los que la banca es tan aficionada ha hecho recaer finalmente en tus arcas mis tan escuálidos como preciados valores.

Recuerdo con cierta nostalgia la primera vez que mi joven persona entró en la sucursal de Andrea Doria de Mahón con la dudosa intención de pedir un crédito para el pequeño negocio al que me incorporé a comienzos de los ochenta. Fui atendido en aquella ocasión por el entonces director de la sucursal, a quien -al no contar con su permiso explícito- no identificaré en este artículo, pero de quien guardo un excelente recuerdo. Tal era entonces mi inexperiencia en el ámbito crediticio que al invitarme el director a pasar a su despacho para discutir ciertos aspectos referentes a mi solvencia (insolvencia sería la palabra adecuada en aquella ocasión) me instalé cómodamente en «su» silla. El amable caballero, tras salir de su estupor, y haciendo uso de toda la delicadeza del mundo me animó a abandonar su poltrona y transferirme a una de los asientos pensados para ser ocupados por los suplicantes. Aquel director y su equipo, los directores y directoras que le substituyeron andando el tiempo, todas sus plantillas, me han ayudado durante estos cuarenta años en todo lo que les he pedido, a veces solucionando problemas que no eran estrictamente de su incumbencia. Solo he recibido de ese grupo de trabajadores cooperación y buen rollo. Tampoco mencionaré sus nombres, pero por si alguno de ellos lee esta columna quiero que conste mi agradecimiento más sincero.

Hace unos meses la querida sucursal de Andrea Doria fue desmantelada. Este movimiento estratégico por parte de la empresa ha sido el comienzo de un brusco giro en la relación entidad/ cliente.

Como supongo que el volantazo obedece a motivaciones económicas, no tengo nada que objetar, al contrario, intento ver el lado positivo del cambio operado:

Al desaparecer la sucursal, y con ella sus cajeros automáticos, la entidad nos ha ayudado a abandonar nuestra zona de confort, obligándonos a desplazarnos hacia la oficina de Ses Moreres, que suma a la inestimable ventaja de la dificultad de aparcamiento en la zona centro, la sobrecarga de trabajo de la sucursal, con las esperas que ello conlleva (circunstancia multiplicada ahora por los nuevos clientes provenientes de la sucursal clausurada). Todo ello convierte en una experiencia iniciática las visitas al banco, las dota de emoción, las carga de incertidumbre (¿habrá cola en el cajero?, ¿estará operativo?). Con el tiempo esas dudas se disipan: es prácticamente seguro que habrá cola en el cajero, y es más que probable que el ingreso de efectivo no esté disponible; la entidad ha dispuesto las cosas de manera que todos los trámites, fundamentalmente los que incluyen cash, se realicen a través del cajero. Pero para añadir un poco de picante a la salsa, de los tres cajeros existentes, sólo uno acepta pagos o ingresos en metálico. Es habitual observar que el único cajero en varias millas a la redonda que acepta ingresos está ocupado por un empleado del banco impartiendo una clase de informática nivel usuario a algún desorientado que se afana en realizar cuatro pagos telemáticos consecutivos; unos veintisiete minutos de cola.

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Aceptemos que esa tarea didáctica ayuda a cubrir lagunas de nuestro sistema educativo.

Tengo una sugerencia para poner broche de oro a esta nueva estrategia:

Colóquese en dichos cajeros, a una altura adecuada (ni muy alta, que haya que ponerse de puntillas, ni demasiado baja, que obligue a exagerar las cuclillas) un falo de material resistente; incorpórese un expendedor de vaselina y unas básicas instrucciones de uso del dispositivo.

Para cuando el expendedor de vaselina esté fuera de servicio (se supone que esto sucederá a menudo) se puede colocar un látigo a mano para que el cliente se flagele cómodamente y así la experiencia liberadora cobre la dimensión pretendida por la entidad.

By the way: Feliz fusión!