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Vivimos un presente surrealista

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«Hoy es un buen día para ser feliz»

Al no contar con ninguna vacuna sanitaria, deberíamos echar mano cada día, de la que sí tenemos, cual es cuidar nuestro comportamiento, nuestro civismo, nuestro decoro social, recordando que estamos en medio, más que de una segunda ola, de todo un tsunami vírico capaz de hacernos sufrir las graves consecuencias de echar a barato lo que nos puede salir tan caro. Ahora mismo, la covid-19, es un caballo de Atila desbocado, España, Europa, el mundo entero, están siendo condicionados por un virus. Dios no quiera que Stephen Hawking haya acertado al dejar dicho antes de su muerte, que el mundo no lo destruirá un asteroide ni un meteoro si no un virus.

En estos momentos, España sobrepasa ya el millón de infectados, nada extraño que las autoridades discutan la posibilidad de un toque de queda general. Por cierto, sobre el millón de infectados otras fuentes tan fiables o más que la oficial hablan de tres millones de contaminados.

Vivimos momentos dramáticos, donde de un día para otro, el número de infectados de esta pandemia es aterrador, tanto es ello así que las autoridades han empezado a tomar medidas drásticas, y me duele en el alma la percepción de que todo se va a dram atizar muchísimo más. Me basta con sentir vergüenza ajena ante las fiestas y los botellones sin ningún decoro social, sin ninguna prudencia. En España son ya varias las autonomías que han endurecido sus medidas de confinamiento, que por cierto, se habla de prolongar el estado de alarma hasta el mes de abril, quizás para no estar continuamente solicitando en mismo tema, que por cierto, si mi documentación es fiable, diré que en nuestro ordenamiento jurídico no existe el toque de queda para estos casos, salvo que en principio venga propiciada por la otra figura del confinamiento.

Me llama la atención y no me gusta, el nombre que le han puesto en Portugal a estos momentos dramáticos, lo llaman «Estado de calamidad». En Francia han visto aplicar a la ciudadanía el toque de queda de 9 de la noche a las 6 de la mañana, seguro que al presidente francés no le gustó nada tener que dictar esta medida más propia de tiempos de guerra, en Paría, Lyon, Marsella, Lille, Toulouse entre otras ciudades, pero no le quedó otro camino; Bruselas también se encuentra bajo toque de queda, asimismo en Italia. En España según Sanidad, tenemos un mínimo de cinco autonomías en riesgo extremo; en Europa los contagios han aumentado un 87% en un mes. La OMS en la Comisión Europea ha cursado la orden a los países de tomar medidas urgentes y contundentes. En Catalunya la Generalitat, el 14 de octubre, barajaba cerrar todos los bares y restaurantes además de salas de ocio, cosa esta que ya han hecho al igual que en otras ciudades. La Canciller Alemana Angela Merkel, pide a sus conciudadanos que eviten salir de sus casas; New York ha dictado medidas mucho más duras que España. La demografía en número de contaminados en el mundo asusta, debería de asustar a los que a pesar de saber lo contagioso que es, no son capaces de dejarse de botellones y fiestas, es como si les faltase una parte del sentido común, evidenciando que este no es precisamente el más común de los sentidos.

2 Dentro de este surrealismo que nos está tocando vivir ¿se han parado ustedes a ver ahora un partido de futbol, digamos en el Camp Nou, quizá el más grande de España, completamente vacío de público? Equipos que años atrás han tenido siempre tensiones de tesorería, cuando no es con Hacienda es con la plantilla, pues ya me contarán cuando no entra en caja ni un euro en concepto de entradas, en lo deportivo se han hecho añicos algunos estereotipos, como decir que el público es el jugador número doce, pues ahora no hay tal, ni tampoco ninguna ventaja por jugar en campo ajeno o propio. Esto está generando apatía, lejanía y abandono hacia los colores que tanto parecían importar. Claro, que en otros espectáculos ni siquiera es posible la eliminación total del público. Imagínense un teatro donde sólo estuvieran los actores, o la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, o las Ventas de Madrid, con un toro y un torero con mascarilla en medio del albero. Más surrealista imposible.

La covid-19 está condicionando hasta ese momento lúdico-gastronómico de reunirnos a disfrutar una paella con todos los sacramentos que es obligado en paella de celebración, además de un buen sofrito, sus tajadas de pollo y conejo, su marisco, si hay suerte una centolla, unos cangrejos, cuatro gambas rojas. Todo esto, aunque se nos haga la boca agua, se nos está vetado, solo Dios sabe hasta cuándo.