Contigo mismo

¿Es mucho pedir?

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Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro (Graham Greene)

No sé a qué obedece ese fenómeno. Pero –usted lo sabe- de pronto, en Navidad, a uno le da por recordar… Básicamente la Navidad de su niñez. De la tuya recuerdas a tu padre depositando bajo las ventanas de guillotina (perdidas hoy en la arquitectura moderna) tres vasos de agua (para los camellos, decía) y tres copas de coñac… Noche de Reyes. A veces a tus padres les resultó difícil dejar algo bajo esa ventana. Tu padre (lo siento: no hay sinónimos), a la postre, trabajaba en la Maestría (¿Sabe usted a lo que te refieres?) y en el ‘Insti’, allá, allá lejos y, para sobrevivir, daba clases de repaso en el porche… Era la encarnación del viejo aserto: «Passa més fam que un mestre d’escola»…

Por la mañana, en esa luminosa mañana del seis de enero, te levantabas y siempre había algo… Puede que fuera el resultado de horas extras con las que un profesor de matemáticas consumió parte de su vida. Y tú intuías, entonces, que había algo extraño y se lo preguntabas a él y a tu madre y ambos, en armonía, se sonrojaban. Como cuando les pedías de dónde venían los niños: ¿Cómo han podido ascender a un primer piso los camellos? ¿Cómo han podido beber en ese vaso con el tamaño de su lengua? ¿Por qué pueden estar, a la vez, en tantas partes? Bajo la ventana, y en esa noche interminable, anidaba la inocencia…

En ese momento no lo sabías. Lo sabes ahora, a destiempo… Tarde y, por lo tanto, mal… Fuiste un imbécil. Porque no percibiste los regalos que, diariamente, te daban tus padres, aunque no entraran por esas ventanas, aunque no fueran precisos, para recibirlos, unos camellos equilibristas, ni unas cartas con destinatarios imposibles. Diariamente, sí, te educaban, te escuchaban, te reprendían, te orientaban, te obsequiaban, alegremente, el tiempo de sus vidas, es decir: su sustancia…

Sabes que tienes infinidad de defectos. Más de los que quisieras. Pero si alguna vez has sabido perdonar y olvidar se lo debes a ellos… Fue un regalo sin envoltorio, sin lazos, no puntual, sino prolongado en el tiempo. No se adquirió en Internet Antes de morir –y ya lo contaste, perdonen- tu padre te pidió perdón por haberte educado mal. Ante mi sorpresa te respondió: «Te he preparado para un mundo que pronto dejará de existir»… Quizás ese mundo se denomine bonhomía…

No se preocupe usted por la próxima Navidad… No se angustie… No sufra por no poderle dar a su hijo, tal vez, la memez de última generación, esa que las multinacionales le imponen como esencial… No se inquiete por si la cena estará o no a la altura o si… Abra una ventana día cinco y deposite bajo ella tres vasos de agua y tres de coñac… Puede que, a la mañana siguiente, vea la decepción en los ojos de sus hijos, incluso la rabia… Pero aguarde… Aguante… Insista… En abrir ventanas y crear sueños… Dedíqueles tiempo… Porque, algún día, descubrirán que el vacío de una caja contenía lo más hermoso, lo más sublime…

Pero no deje de escribir su carta, o su email a esos magos que anidan en cualquier parte. A modo de oración. Para pedirles lo inefable: para que Susana y sus consellers entiendan que subirse el sueldo, ahora, es un problema de ética, pero también de estética; para rogar que, de una puñetera vez, independientemente de vuestras ideologías, os llevéis bien; para pedir algo tan simple como que un ministro de Sanidad entienda de la materia; para entender que todo un país no puede depender de un ególatra; para rogar que militares jubilados no necesiten veintiséis millones de balas para matar a españoles en nombre, curiosamente, de ese patriotismo del que alardean; para que les caiga la cara de vergüenza por lo que han dicho, porque ya está bien de tantos canallas, a izquierda y derecha, a los que usted y yo les importamos un carajo… Porque se está haciendo tarde… Y quiero vivir el resto de mi vida en paz… O, en su defecto, con decencia… La que tus padres te inculcaron, en su espléndido regalo invisible, bajo una ventana de guillotina… ¿Es mucho pedir?