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Cuando los fanáticos siguen a un fanático

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Recuerdo que cuando los americanos votaron en mala hora, otorgando su confianza a un tal Donald Trump, publiqué en estas mismas páginas un artículo que entre otras cosas decía: «En estas circunstancias es costumbre decir Dios bendiga a América, ojalá que no se tenga que corregir diciendo Dios se apiade de América».

El candidato a ocupar el despacho oval, ya se me figuraba un recién llegado, con malas ideas, un ‘atravesado’, al que le iban a entregar la llave del poder nuclear. El único país del mundo con armas de destrucción masiva, que ya ha demostrado que es capaz de usar, y para más vergüenza, contra poblaciones civiles. Que se lo pregunten a Hiroshima y Nagasaki. Para el curioso lector diré que lo de Hiroshima ocurrió el día 6 de agosto de 1945 a las 8:15. Un bombardero B-29 transportó la bomba cuyas mortales consecuencias asombrarían y horrorizarían al mundo. A la primera bomba atómica se le puso el nombre de ‘Little Boy’; el bombardero que llevó la primera bomba atómica fue bautizado como Enola Gay, que a la sazón era el nombre de la madre del coronel Paul Tibbets que comandaba la misión de echar sobre una población civil, la más letal arma de destrucción masiva conocida. La bomba media 3 m de largo y pesaba 4000 kg. En el momento de la explosión, 250 m antes de llegar al suelo, murieron 140.000 personas, más otras 40.000 antes de finalizar aquel año.

Un personaje como Trump ha tenido el control de armas de destrucción masiva. Pero déjenme añadir, que el armamento bélico no es todo lo que puede aniquilar la buena imagen de una nación como EEUU. Durante años una forma errática de ejercer la política ha terminado por llevar al pueblo americano a una revuelta de tipo bananero, asaltando el Congreso justo cuando se disponían a confirmar a Joe Biden. Si fue Donald Trump quien alentó el asalto al Capitolio en EEUU, no sé a qué esperan para apartar del poder a esa persona; debería además ser detenido y que fuera la Justicia la que se hiciera cargo del presidente en funciones, ellos que tanto se preocupan de detener de la peor forma posible al pobre negro que se les haya puesto por delante. La revuelta no ha salido gratis, ya que de momento, cuatro víctimas mortales deberían estar en la conciencia de quién ha alentado actos semejantes. Joe Biden ha dicho: «Esto no es una protesta es una insurrección».

Aparte de la cuestión de carácter penal en las que se haya incurrido, está la cuestión de un prestigio que quedará para la historia muy venido a menos, dejando a todo un país, hundido en la más absurda chapucería política.

Teníamos razón cuando barruntábamos que Dios salve a América con este hombre podía acabar con un Dios perdone a América. Lo del asalto al Capitolio, podría ser la mecha de problemas muy peligrosos. Es una verdad constatada que a veces es más fácil convencer a una multitud que a una sola persona.

Trump ha conseguido dividir al país. Ahora mismo tiene a sus incondicionales tan traídos de la mano, que además de votarle, no vacilan en asaltar al mismísimo Capitolio, dónde la política americana tiene confiada su política y su prestigio, que ha sido vapuleado por el peor estigma que cabría esperar. Daba grima ver banderas confederadas, portadas por los partidarios más radicales y violentos, asaltando el Congreso como una horda de fanáticos.

Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, le hizo saber a Mike Pence que invocase la 25 Enmienda de la Constitución, que permite declarar incapaz al presidente, de lo contrario, dijo que iba a promover, creo que ya lo ha hecho, un procedimiento de impeachment.

Joe Biden podría encontrarse con dificultades, teniendo enfrente a un instigador del desacato, que no vacila en apagar un fuego con gasolina. Sería muy grave que esta insurrección estrafalaria, le saliera gratis.