Contigo mismo

Carta a ese joven mata-ancianos

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«Pero que el siglo 20 es un despliegue/ De maldad insolente, ya no hay quién lo niegue/ (…) Si es lo mismo el que labora/ (…) que el que mata, que el que cura/ O está fuera de la ley». («Cambalache»).

A ti, tío: Estabas permanentemente ahí, en la estación de autobuses, liderando a un grupito de adolescentes sin mascarilla. Pavoneándote. Un día yacías sobre un banco, rascándote las partes; otro, besabas indomablemente a una quinceañera. En ocasiones te daba por escupir al suelo… Esas constituían tus virtudes. Sin olvidar el inexplicable desprecio precoz que, hacia el resto de transeúntes, siempre desprendían tus ojos de color cólera. En cierta ocasión escuché tu voz y supe de tu lenguaje. De cada cuatro palabras, tres eran tacos… Me sorprendió, en una ocasión, oírte formular un argumento. Te creía incapaz. Al escucharte, no obstante, tuve que reprimir un vómito. Reproduzco tu «tesis» de manera más o menos literal: «A esos putos viejos el covid los tendría que joder, pero bien jodidos, porque ahora quieren jodernos la juventud con tanta puta mierda de mascarillas y cierre de bares. Ellos, ancianos de mierda, que en su juventud no vivieron nada de esta mierda…» Por lo visto nadie te enseñó Historia, ni en qué consistía una reiteración...

Quizás te sorprendas, pues, si, al empezar, te digo que esos viejos sí vivieron algo parecido. Que tus antepasados –a quienes, no lo olvides, debes la vida- e infinidad de buenas personas del mundo mundial sobrevivieron «con dos cojones» (como tú dirías) a cosas como estas: Primera Guerra Mundial (1914-1918), 60 millones de muertos; Gripe Española (2018-2020), 50 millones; la Gran Depresión (no se contabilizaron los suicidios que provocó); Guerra Civil Española (1936-1939), un millón, de los cuales, unos 150.000 civiles murieron por ejecución sumaria al ser, simplemente, simpatizantes de la República o meros católicos; represión franquista; Segunda Guerra Mundial (1939-1945), 60 millones; Guerra del Vietnam (1955-1975) en la que, anualmente, fallecieron unos cuarenta mil jóvenes, con edad media de 20 años, tras ser llevados al «matadero»; Hiroshima y Nagasaki (1945), 240 mil muertos, más los que fueron cayendo a causa de la radiación; Guerra de Corea (1950-1953); Guerra del Golfo (1990-1991)…

A esas generaciones se lo robaron todo. A mi padre, por ejemplo, al que metieron, contra su voluntad, en un enfrentamiento fratricida y vergonzoso librado en el absurdo trazado sangriento dibujado sobre un campo que nunca tuvo que ser de batalla. El mismo padre que hizo lo indecible por extraer de su corazón –me consta- el odio, a sabiendas de que, de ocuparlo, ya no habría, en él, hueco para nada más. El mismo, sí, que fue amigo de tantos, sin que le importara un bledo su ideología. El que se jorobó la vida dando infinidad de clases de matemáticas (con un «Ducados» semi colgando de sus labios y un gran sentido del humor) con el fin de llegar a final de mes, que no era sino poder comer hasta día 31. El mismo que se empecinó en ser feliz, a pesar de la situación. El que nunca escupió en el suelo, ni se tocó sus partes en público, ni quiso matar a un anciano, ni a nadie…¿Lo pillas, tío?

Muchos antepasados tuyos, demasiados jóvenes, se enfrentaron al horror nazi, lucharon por la democracia, soñaron en un mayo francés, buscaron la utopía, pelearon por ella y se aferraron a referentes morales y heroicos como Mandela, Gandhi, Luther King o ese joven que se puso frente a un tanque, solo, para defender una causa… A esa gente y a otra gente anónima pero igualmente ejemplar –la que sobrevive, aún hoy- es a la que quieres matar, desde la placidez de tu status a ella debida… Puede que, sin tenerlo, luzcas un invisible bigotillo ridículo bajo esa nariz que probablemente esnifa… ¿A qué tanta rabia? ¿Cuál es tu causa? ¿Cuál el futuro que legarás? ¿Te sientes verdaderamente feliz?

Pero no, lo tuyo es pavonearte, escupir y tocarte… Y anhelar la muerte de quienes dieron su vida por un ideal, por unos principios e, incluso, por ti…