Discrepo de ese anunciado sobre la marcha de la covid-19, señalándola como primera ola, segunda ola y ahora tercera ola. En puridad, solo hay una ola, si la queremos llamar ola, que a veces se estabiliza y a veces se dispara, muy probablemente por lo imprudentes que hayamos sido, y así vamos rebautizando el virus según su índice de contaminación, los contaminados en las UCI o los fallecidos. El actual virus tardó 7 meses en ser la causa del primer millón de muertos en el mundo, y, ahora en 3 meses, ha causado el segundo millón.

Con todo lo grave que eso es, no veo el motivo para usar lo de la ola, porque desde que empezó esta pandemia, a lo más hemos tenido momentos en que parecía estabilizarse, y momentos, en que el gráfico de contaminados y fallecidos aumentaban de manera exponencial. Lo de las olas, me suena impropio, incluso, algunos ya tiran del nombre de tsunami. Si lo usamos como metáfora vale, pero ahí me pasa como lo de la «tercera edad». Si tenemos lo de la tercera edad, con más justo menester, deberíamos tener la cuarta, porque vamos a ver ¿hasta cuándo es correcto lo de la tercera edad? 70 años, 75, porque con 98 años, supongo que ya deberíamos de tirar de la metáfora de la cuarta edad. Por cierto ¿quiénes son los de la primera edad y hasta cuándo? ¿Existen los de la segunda edad? O eso pertenece al limbo de la metáfora del lenguaje coloquial. En cuanto a lo de la covid-19, lo que sí sucede es que hay una fluctuación como causa de nuestro comportamiento, que es lo único hoy por hoy, capaz de reducir o atemperar el número de contagiados, hospitalizados o fallecidos.

Como tampoco somos lectores empedernidos, porque para el caso no puedo hablar de memoria histórica, fíjense en lo que pasó en septiembre de 1918, cuando se dio por finalizada la cuarentena de la llamada gripe española. 200.000 personas invadieron las calles para manifestarse en contra de las medidas de confinamiento en casa, cuatro días más tarde, 31 hospitales de Filadelfia-Pensilvania-EEUU, estaban colapsados, 4.500 personas murieron en los siguientes días como consecuencia de haber salido a la calle a festejar una absurda queja. Por otra parte, aquella terrible pandemia de la llamada gripe española (1918) lo repetiré una vez más, causó en dos años 50.000.000 de muertos, pandemia que fue diagnosticada no como un virus, sino como una bacteria al principio, que apareció sin saber cómo y desapareció sin saber por qué. Ojalá que en ese punto, la covid-19 se decida a imitarla. Pero yendo a lo que estamos, nunca se le calificó en sus dos años de presencia ni de primera ola, ni de segunda ni de tercera y menos aún de tsunami. Tampoco teníamos a nuestros mayores encuadrados como la ciudadanía de la tercera edad. Parece que la tercera edad principia a los 65 años y termina a los 80. En cualquier caso, me parece absurda esa licencia del lenguaje, creo que cuadraría mejor lo de personas mayores, y si acaso, al final de su existencia, como personas ancianas. Lo que pasa es que lanzamos una ocurrencia y si esta tiene éxito mediático, la incorporamos de inmediato a la forma de decir las cosas.

Ya me extraña que en torno a la actual pandemia, no haya aún aparecido un nutrido ramillete de palabras novedosas para calificar la tragedia en la que estamos sumidos, de la que mi amigo el librero, puesto a ser oráculo catastrofista… o no, me decía ayer por teléfono que él y yo moriremos sin haberle visto el fin a este asunto ¡coño, no fotis! Le dije. Cuando la ‘rosquemos’, ya me lo dirás ya, que sí José María que este virus es muy malo. ¡Hombre!, para encontrar un paralelismo de eficacia exterminadora, con la gripe española falta un enorme trecho. Vale tío, pero no des ideas, no vaya a ser que se arremangue y acabe organizando un pifostio.

Por otra parte, la peste negra, o muerte negra, mató a la mitad de la población europea. Hoy dicen los hombres de ciencia que el causante fue un brote de una variante de la bacteria yersinia pestis.