Einstein afirmaba en el artículo del mes anterior que Dios es una fuerza extremadamente poderosa para que la ciencia encuentre una explicación formal, una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, que está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo, absolutamente fuera del alcance de cualquier científico por muchos microscopios y telescopios ultramodernos, a su disposición. Se quiere seguir la vía científica para descubrir el origen de la vida cuando el cientificismo solo sirve para descubrir los secretos de la materia y todo lo relacionado con ella. Nunca estarán en sus ondas los misterios del origen, de Dios, tal como denominamos nosotros al autor del Universo por tener que asumir un nombre como lo asumen todas las cosas,… que no contradice ni siquiera a los que aseguran que Dios no existe, a los que aseguran que Dios es una ilusión, un cuento para niños, porque ellos mismos reconocen que de la nada, nada puede salir, que alguien lo debe haber creado todo y lo debe mantener, cuidar y vivificar. Esta fuerza, Dios en suma, sentencia Einstein, es el Amor.

El amor o el Dios einsteiniano no es una concepción poética del generador del Universo, sino categórica. Einstein insinúa que nosotros, el género humano, disponemos de una mina de amor en las entrañas, análoga a una mina de oro y que con este metal precioso podemos confeccionar nuestros pensamientos y por extensión nuestros actos de una calidad muy superior que si la obviamos… como esencia universal que es.

El alegato de Einstein va dirigido también a los personajes políticos por fabricar bombas como las que él componía en vez de fabricarlas de amor. Ellos, los personajes políticos, son los que tienen el poder del Amor para prorratearlo entre los más necesitados de un planeta altamente desequilibrado en el aspecto que hoy nos entretiene un rato en este periódico. Estallar por ejemplo una bomba de amor en África y en otros lugares donde rige la miseria, la precariedad, el aislamiento de la modernidad, esto propone Einstein como detonante del Amor.

Volviendo al plano personal estoy de acuerdo con Eintein en que Dios es esencialmente Amor. Creo que esta fuerza interior se expande fácilmente al exterior cuando no encuentra escollos, como sería la contemplación de la naturaleza, del mar, de la campiña, del firmamento, de un amigo, etc., pero cuando se presenta algún escollo y cada día se presentan al menos diez, no fluye como es debido, indicando falta de comprensión, de humildad, de solidaridad, etc., con el entorno, con el prójimo, y nuestras acciones devienen pesadas como el plomo en vez de áureas o al menos chapadas de este interesantísimo metal preuniversal.

Piense que solo empleando el amor podremos instalarnos un día en su propio seno, en el seno del Amor, en el seno de Dios, además de vivir sin la pesadez y la toxicidad del plomo que no nos deja aupar, que nos impide la paz, que nos impide aplastar la mosca que ronronea a nuestro alrededor, cada vez más, ensordecedoramente, en el tramo final de la existencia.

Lo dijo Shopenhauer es difícil encontrar la felicidad adentro de nosotros, pero es imposible encontrarla fuera…. Y eso uno lo aprende con los años.