Te diré cosa

Derribos Costas

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Enamorarse de Menorca no es difícil. Reúne innumerables encantos, ofrece mucho y pide poco. Tiene buen carácter. Te acepta como eres (excepto si resultas ser un capullo redomado). Si naciste en la isla no te costará que se muestre contigo confiada y acogedora. Si eres foráneo te tratará igualmente con amabilidad, aunque es probable que desconfíe de ti (tiene motivos históricos para ello). Te pondrá en observación. Si comprende que eres (como ellos) de «vive y deja vivir» te acabará abriendo su alegre corazón. Si en cambio resultaras ser un tocapelotas, la membrana perderá porosidad y a pesar de las sonrisas no penetrarás en la célula ni con taladro del doce.

El atractivo de Menorca obviamente no opera de igual forma en todo sujeto. Conozco de primera mano casos en los que gentes que han visitado este paraíso quedaron decepcionados. Recuerdo hace años a una señora que me confesó que no volvería por Menorca porque no tenía sucursal de «El Corte Inglés». Supe también de una joven que renegó de una vuelta a la isla en velero porque durante su parada en Fornells no encontró una peluquería adaptada a sus expectativas. También se dejan ver a veces por el puerto desfiles de grupos a quienes se les transparenta la decepción al comprobar que esto no es Ibiza, y que no ven claro cómo puedan sacar el partido que esperaban a su sofisticado look.

Pero en fin, incluso entre los enamorados de sa roqueta, cada uno tiene sus preferencias. Si me permiten la confidencia, de Menorca me gusta, como a tanta gente, su paisaje y su paisanaje, pero diría que dentro del paisaje mi fetiche confesable más destacado no son los polígonos industriales, que comprendo deben existir, pero que tienen un encanto, digamos, relativo. Tampoco me fascina ningún grupo específico de edificios modernos, ni alguno de los desconcertantes apaños que se han perpetrado en espacios emblemáticos. En cambio me subyugan las construcciones que hicieron los abuelos y bisabuelos de los actuales moradores en enclaves llenos de encanto como Alcaufar, Es Grau, la playa de Binisafua, los puertos de Mahón y Ciudadela, Fornells etc etc.

Me emociono con esas creaciones hechas en las horas libres con la ayuda de un cuñado manitas y un amigo paleta. Las rectas no son rectas, las curvas son deliciosas. La adaptación al terreno, respetándolo, sublime.

Especialmente encantadoras me parecen la mayoría de las casetas construidas a pie de mar para refugio de llauts, con sus techumbres abovedadas, sus rampas tachonadas con tacos de madera pulidos por el mar y los años para facilitar la subida y bajada de las embarcaciones, sus paredes encaladas, con sus naturales desconchones, sus portones pintados de ese verde tan característico y tan bello.

Cuando me siento a leer o tomar el sol después de un baño cerca de alguna de estas casetas, se me va la vista a ellas, admiro a quienes las construyeron, me encuentro tan a gusto a su lado como cuando me tiendo en un prado soleado y me fijo muy despacio en la belleza y diversidad de las espigas o las flores y los insectos que las visitan.

Y sí, me he puesto demasiado bucólico, pero no se alarmen, precisamente se me acaba de caer el bucolismo al suelo, al recordar que existe un organismo estatal empeñado en derribar estas casetas, concretamente en la irrepetible cala San Esteban.

Quizás alguien me sabría explicar el motivo de esa pasión por destruir construcciones tan idiosincrásicas y hermosas. Ya lo hicieron con los viveros de langosta del fonduco en el puerto de Mahón y vaya usted a saber con cuántas joyas más.

Apuesto a que la justificación se apoya en la normativa.

Si así fuera ruego a las personas sensatas que trabajan en Costas que pidan a quien corresponda que se revise una normativa tan irracional. Cuando la ley conduce al absurdo es hora de redactar las correspondientes modificaciones.

Tenemos dos cámaras legislativas llenas de brillantes mentes bien alimentadas que sin duda pueden encontrar un momento, entre aplauso y aplauso a los amados líderes, para analizar y revocar normativas y leyes que demuestran ser tan lesivas como las que derriban la belleza.