Con derecho a réplica

La pared rosa

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La Luisa, con artículo, era una mujer de achuchar, de abrazar, de dar besos sonoros en los mofletes que quitaban el sentido. La Luisa no tenía ni pajolera idea de que un abrazo aumenta la oxitocina, libera endorfinas y estimula la serotonina, y todo eso es buenísimo para nuestra salud física y mental; ella los daba de forma natural porque no soportaba ver llorar a un niño, o porque no entendía encontrarse con un ser querido sin estrujarlo entre sus fuertes brazos de mujer currante, muy currante. Ya fuera por su sangre del sur, o porque su madre también se los daba, la Luisa no entendía la vida sin darle la mano al que sufría, o repartir besos de alegría cuando llegaban buenas noticias.

Otros tiempos los de la Luisa. Creo que a estas alturas del partido ya tenemos todos muy claro que ahora nuestra vida está en manos de un algoritmo, y no hay nada más frio y menos empático que un puñetero algoritmo. Vivimos abrazados al móvil, o a la tablet, y por más que se calienten sus baterías esos seres que vemos en la pantalla no dejan de ser unidimensionales y fríos, y el efecto curativo no es el mismo. Esto ya era así en los tiempos prepandémicos donde las magdalenas se convirtieron en muffins, y los bares del centro de las ciudades se llenaron de hipsters y se vaciaron de paisanos, pero es que el virus le ha dado una vueltita de tuerca al tema. Porque el abrazo de ser buscado por sanador, ha pasado a ser evitado por peligroso. A algunos les da más miedo un abrazo que la picadura de una pitón, o que encontrarse en medio de una pelea a navaja entre los tertulianos televisivos más boomers que inaugurar un pantano y los «niños rata» youtubers que huyen con coches de alta gama al país de Nunca Jamás pagaré impuestos.

Lo sé, queridos lectores, eso es una mierda como un piano, el jodido virus nos ha robado algo que es intrínseco a nuestra cultura, y por lo tanto nos hace más vulnerables. El contacto labios cara se ha sustituido por un emoticono cara amarilla de la que sale un corazoncito rojo, si lo miras bien da hasta un poco de mal rollo, y reconozco que yo los envío a mansalva. No estamos muy bien de la olla, baste un ejemplo: en la ciudad de Los Ángeles uno de los sitios más visitados por los turistas de todo el mundo es una tienda (Paul Smith, a ver si me paga la promoción) que tiene un muro enorme de color rosa, y van allí para hacerse selfies en la pared que luego cuelgan en Instagram. No sé, igual la gente ya está aburrida de ir a Bervely Hills a ver como se meten coca los personajillos de Hollywood, pero estoy seguro de que hay más paredes rosa cuqui por el mundo, ¿no?

Quizás esto explica el auge exponencial de criaturitas xenófobas, homófobas, clasistas, misóginas, neoliberales, cospiranoicas y negacionistas de toda índole; quizás a estos seres del odio y el rencor les han abrazado muy poquito sus seres queridos, o sencillamente es que no tienen nadie que les quiera. Así que tal vez la autentica revolución sea recuperar los abrazos, vacunas y ciencia mediante, para frenar el tsunami de estupidez humana que lo inunda todo. O también puede ser, que el poder curativo del abrazo no sea más que una excusa para que el algoritmo nos recomiende hacer un curso online de Mindfulness por un módico precio.

La verdad es que, como me pasa siempre, no tengo ni idea, así que les dejo descansar enviándoles una abrazo a través de las letras y el deseo, que repetiré hasta que se cumpla, de que más pronto que tarde podamos compartir lúpulo sin ningún temor. Feliz jueves.

conderechoareplicamenorca@gmail.com