Asseguts a sa vorera

Un segundo

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Un segundo. O ni eso. Ese breve desliz, ese efímero instante basta para que todo, absolutamente todo, se vaya al carajo. La terrible noticia de la semana, el accidente (me duele no escribir lo que realmente pienso porque a mi entender hubo premeditación) que costó dos vidas humanas y ha causado y causará tanto dolor, nunca se tendría que haber producido. De entrada, porque hubiese sido mucho mejor que el energúmeno en cuestión se estampase él solito con toda su gloria contra una pared seca sin más consecuencias que la de tener que levantar la pared luego.

Es tan ambigua la palabra ‘accidente’. La usamos de una forma poco acertada para con la realidad, según sea la vara de medir. No es igual de accidente cuando te quedas dormido al volante porque en tu trabajo, aquel en el que cobras tan poco y tan mal, tienes que hacer horas extras porque es la única forma de que te alcance la nómina a final de mes, que caer rendido porque vas hasta las cejas de todo lo que te has puesto y se te ha puesto por delante.

Es un accidente, tener un desliz, un despiste, un imprevisto cuando algo que no controlas sucede ante ti con tan poco margen de antelación que el resultado puede ser cualquier cosa. No es un accidente, es como mínimo una agresión, cuando le faltas al respeto a la vida –a la tuya, a la de quién te llevas por delante, a sus familiares y amigos, y a la de todos los que te podrías haber llevado- y las consecuencias son, además de nefastas, previsibles.

Hay un millón de razones, o de pequeñas decisiones, que hicieron que yo no pasase por allí en ese momento, y otras tantas para que esa pareja y su hijo sí lo hiciesen. Pero solo existe una explicación que da lugar a todo lo que sucedió. El ser humano ha fallado, el sistema –al margen de la condena- ha fallado. La falta de empatía llevó a ese joven a ponerse tibio y a ignorar, si es que la hubo, esa pequeña voz en su interior que le decía «No estás para conducir». Ignorar esa voz no es un accidente, es una consecuencia de un acto atroz y a su vez el detonante de un horror para el que no me alcanzan las palabras.

La empatía es ese sentimiento que nos permite ponernos en la piel de otra persona. Yo, que no soy padre, como hermano me he puesto en ese único traje que me alcanza. Ese maldito segundo en el que todo salta por los aires y, de golpe, te recuerdan que somos más débiles de lo que nos pensamos.

La justicia no será justa, ni la condena suficiente. Las dos ausencias serán imposibles de remplazar. A veces, la vida no tiene sentido. A veces, no tiene sentido según qué vidas.

dgelabertpetrus@gmail.com