Que el American Bar eche el cierre no es más que otro ejemplo de que la vieja Mahón, la que tenía encanto a chorros, sucumbe a nuevos tiempos donde importa más la gente que las personas. El brillo especial en los ojos de Xavi y de Pepe en su última jornada laboral en «la mejor terraza de Menorca» en palabras de Pedro J. Bosch –con quien tuve la suerte de compartir el último café en el emblemático lugar junto con mi tío Pedro ayer mismo- es el mismo que aquel que llega a la última página de un libro que ha durado toda la vida -97 años- y del que te da mucha pena despegarte. O el magnífico último capítulo de una serie, si lo prefieres.

El American Bar ha sido testigo de la modernización de una ciudad que tiene demasiado descuidado su centro. Este punto de reunión para tanta gente toma el mismo tren que ya han cogido otros negocios emblemáticos como Can Fortuny o J. Estrada, conocida como ‘Sa Phillips’, entre otros. La ciudad parece que no tiene lugar para ‘lo de siempre’ en mitad de la vorágine de las franquicias y que repele cada vez más a los ciudadanos y a los negocios hacia las afueras.

El mundo está empeñado en ser moderno, más rápido, más eficaz, más eficiente, más inmediato. Más 5G. Y menos mundo, también. A medida que tenemos más cosas, perdemos otras que quizás no cuestan tanto dinero, pero sin duda son mucho más valiosas.

La sociedad está cambiando y las tardes de tertulia en el bar donde los argumentos y los contraargumentos volaban a diestro y siniestro han pasado a ser quedadas para mirar el móvil en compañía. Haz una prueba, si estás en un bar, levanta la vista y mira cuánta gente lo hace, en lugar de disfrutar de una buena conversación.

Con el cierre del American Bar, cierra una época, más que un establecimiento. Porque la misma puerta que ayer se cerró, con un poco de suerte, volverá a abrirse en unos días o en unas semanas con un nuevo proyecto, una nueva aventura que intentará tomar un relevo muy difícil.

Alguna de las veces que he ido me he imaginado a mí mismo, dentro de muchos años, compartiendo tertulia con los amigos, una partida de ajedrez o, simplemente, contemplando la vida pasar y pensando en lo mucho que ha cambiado, como han hecho tantos otros.

La gran diferencia es que ayer la nostalgia no solo se palpaba en la mirada de aquellos que, desde dentro y como cada día, contemplan la vida en busca de un pasado mejor. También se vislumbraba entre algunos que, desde fuera, se preguntaban, «¿y ahora qué?».

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