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No hace falta ser ciutadellenc ni forofo de las fiestas de Sant Joan para que se te caiga la cara de vergüenza con todo lo que se ha vivido en los últimos días en Ciutadella. La facilidad con la que los jóvenes han olvidado todo el sufrimiento y el esfuerzo del último año deprime casi tanto como el número de muertes que ha provocado el virus. No es una exageración, es una constatación de hechos.

Al margen de las actuaciones que se deberían haber hecho, lo cierto es que en una sociedad normal la complejidad de la situación vivida con todo el sacrificio que ha significado la covid-19 tendría que haber hecho consciencia en los jóvenes. Para hubiesen celebrado el fin de los exámenes, pero no a este nivel.

Son jóvenes, sí, y tienen margen para equivocarse, aprender y corregir sus errores, pero el problema es que lo que han hecho es la consecuencia de los mensajes que les llegan. De un tiempo a esta parte socialmente se ha cambiado un concepto importantísimo como hacer cada vez menos lo que se debe por hacer lo que se quiere. Los botellones multitudinarios de los últimos días son el ejemplo perfecto del egoísmo que impera hoy en la que será la generación del mañana.

A menudo, en intercambio de opiniones, se tiende a enfatizar en los derechos que tiene una persona para poder hacer esto o aquello. Derechos que son lícitos, sin duda, pero que sobresalen muchísimo más que los deberes, que las obligaciones como parte de una sociedad en la que no se están integrando y en la que harán mucha más falta de la que se piensan.

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Estas actuaciones generan una impotencia brutal. Que los habitantes de Ciutadella no hayan podido disfrutar de sus fiestas –y le pasará seguramente a todos los municipios de la Isla- es un sacrificio, es un esfuerzo colectivo mirando por el bien común, pensando que sacrificar nuestra diversión o nuestra celebración de este año es una inversión para garantizar que lo podamos celebrar el 2022.

Los que se han pasado por el forro todo esto y han actuado como si el virus nunca se hubiese cruzado en nuestras vidas, no solo no les importa las fiestas de Sant Joan, sino que no les importa la sociedad. Son críos, sí, pero no querer ver el problema o tratarlo como un tema relativo a la edad para no buscar la solución es, sencillamente, formar parte del problema.   

Y desde estas líneas quiero enviar un abrazo fuerte y sentido a todos mis amigos santjoaners que, más que nunca, lo han pasado mal viendo como otros celebraban desenfrenadamente lo que ellos, por el bien común, han decidido no celebrar o celebrar en familia. Ese es el auténtico espíritu que hace grande a Sant Joan.

dgelabertpetrus@gmail.com