Agosto viene bien. Agosto es un mes en el que la mitad del mundo se para por vacaciones y la otra mitad reanuda la marcha perezosamente tras haber consumido su ración de días libres. Pero si avanza torpemente julio por falta de efectivos, ni te lo imaginas en agosto. Y es que, mientras agosto suele estar cerrado por vacaciones, julio lo está por inanición y septiembre, por depresión. Así transcurre el verano, aproximadamente.

No viene mal, la verdad. El resto del año vamos a un ritmo frenético en el que a las semanas le faltan días y a los días les faltan horas. Somos muchos –que no todos– los que trabajamos por encima de nuestras posibilidades más por convicción que por obligación y muchas veces porque tenemos la suerte y la fortuna de que nos encanta nuestro trabajo. A veces topamos con nuestros antagonistas, personas que se consumen de lunes a viernes contando los días, las horas y los minutos hasta que llegue un nuevo sábado, sin darse cuenta de que están despilfarrando su vida por un puñado de días libres al año.

Hay quien se queja de que deberíamos tener más vacaciones porque no le alcanza con lo que tiene para hacer el viaje que lleva todo el año soñando, comer en todos los restaurantes que quiere, nadar en todas las playas, disfrutar de todas las cenas con los amigos y, a lo último, con la morralla que le sobra, culminar todas las tareas que tiene pendientes como pintar, restaurar un mueble o aprender a tocar la guitarra.

Pensamos que el problema es el tiempo cuando la realidad es que nuestro conflicto pasa más por la calidad de los momentos en los que invertimos nuestras vacaciones que no en si son más largas o más cortas. Y la verdad es que nos pasa lo mismo con las vacaciones, con el tiempo libre, con los días festivos… Nos preocupamos más de tenerlos que de aprovecharlos como se merecen.

Ya, te entiendo, yo también preferiría tener un mes de trabajo al año y once de vacaciones para hacer todo lo que me diera la gana. El problema es que ni tú, ni yo ni nadie sería capaz de aprovechar el tiempo como para que no acabásemos hartos de no hacer nada.

Agosto, como te comentaba, viene bien. Es un mes que de forma interiorizada o exteriorizada sabes que el funcionamiento normal del país se ve trastocado de un modo perfectamente armónico en beneficio de la mayoría para que todo el mundo – o casi- descanse y recupere las energías.

Los que trabajamos en el mes de agosto tenemos claro que el tiempo pasa a otro ritmo. Mientras a nosotros nos pasa el mes de forma especialmente larga a la espera de que vuelvan algunos de nuestros proveedores, a ellos, que están en la playa, les pasa volando. Qué cruel es el tiempo…

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