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Es curioso; Menorca va bien, y ello a pesar de no haber contado con la inestimable colaboración de aquel amado líder (soberbia cabellera, entrañable macho alfa) que gustaba tanto de hablar catalán en la intimidad como de apoyar entre orgulloso y campechano sus botas en la mesa del -por entonces- emperador del mundo.

Pero, si no es obra suya, ¿a qué se debe nuestro epatante florecimiento? Parece opinión consensuada que la pandemia ha atraído gentes que de otro modo no se hubieran instalado entusiastas en nuestra Isla. También se achaca el multitudinario desembarco por estos pagos de gentes adineradas a Hauser & Wirth y el efecto llamada que produce el glamour del arte contemporáneo premium.

Estando de acuerdo con el diagnóstico, me gustaría aportar algunas reflexiones tangenciales. Empezaría por subrayar que ninguno de estos factores serían tan imputables al celo de la administración como a un virus (el primero) y a la iniciativa de Alejandre y sus voluntarios sumada al tesón y el buen hacer del matrimonio galerista (en el segundo). No es descabellado ser pesimista al imaginar qué hubiera sucedido a los edificios de la Illa del Rei si su futuro hubiese dependido exclusivamente de la administración. Costas disfrutaría derribándolos (ya recetó tal tratamiento en el Fonduco y pretende ampliarlo al patrimonio de vorera); el Ayuntamiento de Mahón los tuvo abandonados décadas y no creo que el Consell haya tenido como objetivo prioritario salvar de la ruina dichos edificios.

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La segunda consideración se referiría a los efectos colaterales del éxito menorquín. En esto aparecen ganadores y perdedores, como sucede cuando se producen cambios. En el grupo de beneficiarios podemos incluir a: propietarios de viviendas y locales que verán incrementarse el valor de su patrimonio; a los taxistas, empleados y dueños del pequeño (y gran) comercio; idem para empresas que ofrecen servicios a los recién incorporados: piscineros, canguros, jardineros, cocineros a domicilio (los hay, y están muy contentos), fontaneros, pintores…; artistas locales que ven nacer nuevas galerías; camareros y fogoneros, restauradores que vuelven a oír el sonido gratificante de la caja registradora; agentes de la propiedad inmobiliaria; inversores del sector náutico y marineros (las propinas suelen ser sabrosas); rentacars; idem de los hoteles rurales y urbanos de nuevo cuño, que por cierto tanto han colaborado con su buen hacer a la excelencia de la imagen de Menorca; constructores con encargos de reformas de gentes que tiran la casa por la ventana; interioristas y tiendas de decoración; la administración pública, que ve crecer la recaudación mientras disminuye el número de necesitados de prestaciones, amén de que podrá ahorrarse la pasta dilapidada en stands de ferias de turismo para turoperadores de pulsera (la Isla ya no necesita esa promoción, estamos llenos) y podrá dedicar esos recursos a vivienda protegida para contrarrestar el problema del encarecimiento del alquiler.

Y muchos otros, seguro.

En el lado perdedor estamos en cierta medida todos: las playas están llenas y reservar en un restaurante es una odisea. Pero esto no pasa solo en Menorca. Mi opinión es que nos hemos vuelto locos y que lo mejor que se puede hacer en agosto es recoger grano (quien lo necesite) para el invierno, y quien no, irse al pueblo menos glamuroso de montaña a dar paseos. Pierden también quienes teniendo rentas bajas ven incrementarse el precio de la vivienda. Para ellos sería deseable el empeño de la Conselleria de Vivienda en la búsqueda de soluciones. Principalmente se sentirán perjudicados aquellos cuyos ingresos blindados no dependen de la economía insular (sus emolumentos seguros son independientes del mercado). Ellos preferían una isla libre de las molestias del turismo. Es humano. Como ya sabemos, nunca llueve a gusto de todos. Mi sensación es que Menorca se vino vendiendo en el mercado turístico como bisutería siendo sin embargo joya. Pero los amantes de las joyas han acabado por descubrir su palmario encanto y se han lanzado a hacerse con una porción del tesoro. Es también muy humano.