La palabra persa «talib» significa estudiante y proviene del árabe: «buscador de conocimiento». También es un movimiento integrista musulmán de origen pakistaní, desarrollado en Afganistán. Entre nosotros, ha llegado a ser sinónimo de fanático intransigente.

Son noticia porque han vuelto al poder después de que una coalición internacional liderada por EEUU haya sido incapaz de consolidar un gobierno y un ejército que consiga hacerles frente. De las derrotas se aprende tanto o más que de las victorias. Occidente dominó el mundo pero puede que por Oriente empiece un nuevo día. Los guerreros talibanes están dispuestos a dar su vida y creen en aquello que defienden, aunque su sustento y financiación dependa del comercio mundial de heroína y otras drogas.

La vuelta al burka contrasta con la liberación de la mujer. Pero aquí tenemos opinión pública, mala conciencia, nos avergonzamos de nuestra historia y no estamos dispuestos a ningún sacrificio. Criticamos al ejército y nos las damos de pacifistas, aunque si nos atacan queremos que otros nos defiendan. Desde la comodidad es difícil mandar y mantener lo conseguido. Lo que hemos tardado siglos en lograr, no lo podemos imponer en esos países en cuestión de unas décadas.

Vivimos engañados y somos ilusos. Aspiramos a todo sin arriesgar nada. La libertad se conquista o se pierde. Y parece que últimamente, con una mezcla de populismo, cobardía e ignorancia, la estamos perdiendo.