«En efecto, los seres humanos podemos llegar a enamorarnos de nuestras sombras»

Pablo d’Ors

La serie televisiva «La que se avecina» inició su andadura con un humor fresco e inteligente. En este sentido –y por poner solo un ejemplo- las aventuras de dos ancianas que huyen de una residencia para «okupar» un piso piloto no tenían desperdicio (¡admirables, como siempre, Mariví Bilbao y Gemma Cuervo!) Pero, paulatinamente, LQSA perdió su perfume y su comicidad para derivar en una simple suma de estereotipos y de zafias banalidades exentas de gracia alguna. Por lo menos de la gracia en mayúsculas, la que se caracteriza por la agudeza intelectual… Y, paralela y desgraciadamente, extravió, también, su inocencia para mudarse en un sutil medio de manipulación ideológica. Estudiar la serie resulta apasionante, porque ésta se muda en un paradigma claro de cómo, reiterando tópicos maniqueos, se pueden crear determinados estados de opinión, los que anhelan los guionistas, cuya afiliación política sería muy fácil de adivinar.

Así, con frecuencia, los autores fuerzan la acción dramática para que sea posible la inclusión de verdaderos mítines, aunque no vengan exactamente a cuento. Las «peroratas» de Coque (Nacho Guerrero), el bedel, en este sentido, son reveladoras y constituyen, más que un conjunto de ideas bien argumentadas, la suma de clichés sumamente conocidos.

Por no hablar de «clásicos»: la psicóloga es aquella que da consejos «que para ella no tiene», el conserje es un inculto, los matrimonios constituyen un verdadero nido de víboras, etc. A lo anteriormente dicho habría que sumar esas poéticas escenas gratuitas en las que se muestra a un personaje sentado en la taza de un inodoro, orinando o defecando y otras lindezas…

Tampoco falta la feroz crítica a la Iglesia. ¡La Católica, por supuesto! Raro es, en este sentido, que en un capítulo no aparezca un cura que, evidentemente, será homosexual y/o pedófilo, una monja y madre que ha sido «empotrada» (término muy usual en este esperpento) por un sacerdote, unos creyentes que, nuevamente, son homosexuales, en el caso de los hombres, o adictas al sexo y promiscuas, en el caso de las mujeres, etc. Todo ello sazonado por una enfermiza obsesión por el sacramento del perdón, ese que, según los «escritores» de la serie, pone las cosas muy fáciles a los cristianos. Los guionistas quizás desconozcan que la confesión es algo mucho más serio: que exige arrepentimiento, propósito de enmienda y reparación del daño hecho. ¿Quién repara hoy el daño hecho? –repites los términos-. Y, por supuesto, un par de guindas finales: referencias blasfemas a la Última Cena y la idea iterada hasta el infinito de que la Iglesia (¡Católica, of course!) es «una secta con mucho éxito»…

Ni siquiera se salvan de la quema colectivos sensibles: así, la transexualidad aparece caricaturizada y resulta que los fachas son seres, más que siniestros,    a la postre, divertidos… Podrías seguir, como en «Toy Story», «hasta el Infinito y más allá»…

Lo que no hay, sin embargo, es inteligencia, ni humor, ni una frase digna de ser recordada, ni un momento emotivo, ni nada por el estilo. Los guionistas se contentan con acumular tópicos y, como en el juego de la oca, con que sus personajes vayan de cama en cama en un inane déjà-vu… En palabras de Martínez Aguiló: «No es humor, sino falta de habilidad, lastimar sin talento la dignidad u ofender gratuitamente el amor propio de la gente». Pues eso…       

¡Ríase con la serie! Está en su derecho. ¡Diviértase con el pescadero que no limpia pescado! ¡Evádase con «los leones», que no «huevones» en su bar! Pero, por favor, cuando lo haga, sea consciente de que, subliminal y sutilmente, le están manipulando, de que le están hurtando, si se deja, su criterio y opinión propios para sustituirlos por el que a ellos les interesa…

El único acierto de este despropósito tal vez sea el título. Por la sencilla razón de que si algunas generaciones crecen viendo series como esta, la que se os avecina es de aúpa…