Dietario

La nostalgia no es un error (y III)

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Con las fiestas de Mahón empiezan los colores y olores otoñales. Me gustaba especialmente el matiz plateado de Sa Plana de Cala Figuera a medida que caían las hojas del calendario y las de los árboles. Empezaba también a hacer algunos deberes, una especie de precalentamiento para el curso escolar que se acercaba implacablemente, anticipado por el aroma de los nuevos libros que comprábamos en Can Busutil en la Calle del Ángel, a quien Margarita Caules dedicó en su día varias crónicas, libros que mi padre forraría meticulosamente con papel de barba (¿existirá todavía?). También seguía expectante los fichajes del Barça, con la infundada ilusión de que aquest any, sí, pero intuíamos, como ahora, que volvería a ser que no.

No era solo el color plateado de las aguas de la Plana de Cala Figuera, sino también los efluvios otoñales de las primeras lluvias, la hierba mojada, las acrecentadas expectativas de ver emerger las hermosas estrías de un bon mabre, sentado con mi caña en la vorera, y la llegada de los primeros caquis de la temporada, blandos, hinchados, dulcísimos, lujuriosos. Las chaquetas de hilo ya en los fresquitos fosquets... Los amigos empezaban a desaparecer del paisaje de Sa Lliga, y ya vería poco a Joaquín Albertí, a Jaume Obrador, ligeramente más jóvenes, ni a su hermana Paquita, a Joaquín Comas... Seguíamos yendo al Club Marítimo a tomar una coca-cola y a escuchar la leyenda de que un día en aquella barra se sirvió un quisqui con una cabeza de ajo a un inglés que había pedido un whisky with ice.

Los fines de semana no variaban nuestras rutinas salvo por el espectáculo de las carreras de snipes y de cadetes, precursores de los optimist, donde dominaba la maestría de Rafael Poza con su proel Quico Bosch. Otro acontecimiento eran los bailes de salón en el Club Marítimo, cuya pista estaba rodeada de sillas para familiares y carabinas diversas, mientras la orquesta del maestro Guasteví, (¡1-2-3 venga al·lotets!) aparecía en una especie de almeja gigante excavada en la pared. No me perdía un baile como mirón, fascinado por las evoluciones de los danzantes, muy especialmente de la pareja formada por mi primo Tito Félix y su entonces novia Maruchi que bordaban el «Marina, Marina, Marina, contigo me quiero casar»…

También permanecen esculpidos en mi memoria los recuerdos de la escuela de natación del Club Marítimo, con elturbo’ José María Herrero, el campeonísimo que vivía en la Mola y venía nadando, «de paseo». En mi grupo de edad estaban los hermanos Barca, Luis y Miguel y el habitual ganador Nico Sintes. Miguel Barca, algo más jovencito, solía entrar segundo mientras Luis y yo nos disputábamos el tercer puesto. Durante algunos años presumí de ser el «tercero de Menorca» en unos campeonatos oficiosos, gesta que tampoco me sirvió para ligar más. Nuestro entrenador era Manolo Aparicio con quien me reencontraría en Zaragoza años más tarde.

Los veranos eran también tiempos de ver cine «gravemente peligroso», un grado más pecaminoso que el ya inquietante 3R, y que en la temporada de invierno nos estaba vetado. Me acuerdo ahora de «La gata sobre el tejado de zinc» de Liz Taylor o «Con él llegó el escándalo» con un Robert Mitchum en plan adúltero, y otras de este jaez, veneno puro para nuestras almas de alevines del hombre nuevo (o mujer nueva, no vayamos a liarla), que diseñaban los estrategas del régimen. En verano se relajaban los controles, íbamos cuatro gatos a sudar la gota gorda en el Cine Victoria, y así nos convertíamos en jóvenes perdularios, cuya mayor heroicidad era seguir a las chicas en los paseos por la Explanada para intentar pasar a la fase de acompañamiento y a quedar para ir juntos al cine donde ni siquiera haríamos manitas, tal era de densa aquella mugre que nos habían incrustado en el alma. Mi primo Carlos y yo hicimos varios másteres en tan castos acompañamientos.

De aquel mundo quedan pocos testimonios, sobresaliendo entre ellos, el de Magda Soler, quien toda la vida ha resistido al invasor y que hasta hace poco seguía bañándose en el puerto a sus ochenta y tantos. Fue mi maestra de verano. Recuerdo que, entre otras cosas, me enseñó a descifrar las horas del reloj y las tablas de multiplicar y dividir. Destilaba una alegría contagiosa. Ahora, conversamos sobre nuestro Barça cuando nos encontramossalmonete arriba, salmonete abajo’

Y estos son los recuerdos más lejanos que atesoro del mundo de ayer en la madre de todos los puertos. Bon final d’estiu.

La realidad nunca se va de vacaciones

En lugar de promover un homenaje institucional a la Fundació Illa del Rei y a su presidente por su gigantesca y abnegada labor en favor del progreso de Menorca, desde cierta izquierda algunos se han dedicado a sembrar cizaña sobre presuntas especulaciones inmobiliarias alrededor de la galería Hauser&Wirth. Quins pebrots!