¡ADVERTENCIA! Este artículo está basado en hechos reales. Los nombres de los protagonistas han sido cambiados para preservar su anonimato. Algunos hechos son fruto de la imaginación del articulista, muy limitado, para darle coherencia narrativa.

Emilio siempre quiso vivir en una buhardilla del centro de la ciudad, conducir un Citroën 2 CV, escuchar discos de rock and roll y estudiar Magisterio. Sin embargo una desgracia familiar le golpeó en toda la cara, su padre murió siendo él muy joven, así que cuando aprobó selectividad un trabajo en la banca le estaba esperando. Tuvo que cambiar el Magisterio por la carrera de Económicas, tuvo que cambiar la buhardilla en el centro por un dúplex, tuvo que cambiar el Citroën 2CV por un coche de gama alta, tuvo que cambiar sus discos de rock and roll por CDs de Kenny G, y tuvo que cambiar su vida porque la vida le colocó en un camino que él nunca hubiera imaginado.

Sandra siempre quiso vivir en una furgoneta camperizada, escuchar a todo volumen sus cintas de Pablo Milanés, viajar a Tierra de Fuego porque el nombre le molaba y estudiar Antropología para entender un poquito mejor el mundo en el que vivía. Pero su familia se derrumbó de repente y sin remedio, y Sandra tuvo que estudiar Empresariales, tuvo que cambiar su furgoneta camperizada por un piso con piscina comunitaria, tuvo que cambiar sus cintas de Pablo Milánes por CDs de pop comercial, y tuvo que cambiar su vida porque, al igual que a Emilio, la vida la puso en un camino que ella jamás hubiera imaginado.

Y en una reunión de un despacho con mesa de caoba, en la decima planta de un rascacielos de acero y cristal, Emilio y Sandra se conocieron entre paginas Excel. No fue amor a primera vista, ni a segunda, un par de viajes de empresa juntos les acercó, las esperas de aeropuerto dan para mucho, y por esas cosas que pasan porque tienen que pasar se enamoraron y tuvieron a Simón.

Y Emilio dejó atrás su dúplex y Sandra dejó atrás su piso con piscina comunitaria, y Emilio, Sandra y Simón se mudaron a un chalet en las afueras. Cambiaron el coche de alta gama, por un coche familiar muy seguro. Y dejaron de escuchar música para poner videos de Pocoyo a Simón en YouTube. Y cuando Simón cumplió la edad necesaria lo mandaron a Estados Unidos a estudiar, y entre fotos en Instagram de sus viajes y reuniones para hablar de criptomonedas, pasan su vida.

Y ahora la decepción, queridos lectores, no hay moraleja, no hay enseñanza, no hay reflexión final intensa y poética a pie de página de una foto del amanecer, no hay nada de nada, carajo. No hay recuerdos de un Citroën 2CV, no hay libros de antrolopología en la estanterías, no suena el «Te recuerdo Amanda», ni el    «Smoke on the wáter», no hay poesía, no hay romanticismo, no hay una pareja corriendo por un parque de atracciones con un algodón dulce entre la manos. No hay plan de dejarlo todo e irse a recorrer el mundo en furgoneta para conectar con la madre naturaleza. Hay lo que hay y punto pelota. Solo están Emilio, Sandra, y Siri de Apple, un viernes por la noche decidiendo qué serie ver en Neflix. Que para ti es una historia de éxito pues estupendo, que para ti es la muerte en vida, pues vale.

No sé, pero cansan tanto los coaches de la vida, los jueces de todo y de todos, los intensitos por norma, los frívolos sin pausa, los empalagosos optimistas, los pesimistas apocalípticos, los que le buscan un beneficio a todo, o un por qué a cada cosa, que hoy apetecía esta historia. Ustedes sabrán disculparme, feliz jueves.

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