Ante la aproximación de la temporada de gripe, los expertos en pandemias, los virólogos y demás entendidos, a día de hoy no han sido aún capaces de lanzar un pronóstico que tranquilice a la parroquia, sobre todo a los más propensos a contaminarse por vivir en zona declarada en años anteriores como altamente propicia. Algunos, para camuflar lo que ignoran o quizá también porque están acertando de lleno, han dicho que como el año pasado por el confinamiento, lo de la gripe apenas se dejó ver, pero tenía una explicación, el personal nos lavábamos muchas veces las manos, usábamos masivamente gel hidroalcohólico de manos y nos poníamos la mascarilla, cosas que ya no usamos con la misma persistencia. Eso nos ayudó probablemente a prevenir la gripe, aunque hubo algunos casos. Por cierto, confesadas mis ignorancias sobre el tema, se me ocurre pensar en la posibilidad de que un mismo paciente se contamine de gripe y de la covid-19 al mismo tiempo; no creo que un virus anule al otro. Tampoco sé hasta dónde puede ser peligroso coger la gripe y la Covid-19 a la vez, se me antoja algo improbable. En todo caso, aquí en Madrid, llevamos ya algo más de una semana poniendo la vacuna de la gripe, se ha dado el caso de personas a las que les han puesto dos vacunas en la misma cita: una para la gripe y otra para la Covid-19.

Creo que no hace falta decirlo, pero sería buena cosa que los equipos sanitarios sean muy efectivos y detecten si lo que el paciente tiene es la gripe o la Covid-19. Veo mucho más complicado diagnosticar los dos casos en un mismo paciente.

Estamos volviendo, si no acelerados sí alegremente, a las mismas libertades, a los mismos hábitos de antes de la pandemia. En algunas regiones de China el virus está haciendo verdaderos estragos, igual que en Rusia, en América, en Alemania, en Austria, y que en algunas autonomías españolas está remontando exponencialmente.

W. Ian Lipkin, director del Centro de Infección e Inmunidad de Columbia, ha dicho: «vamos a vivir el resto de nuestras vidas con este virus». Me pregunto si la llamada gripe española de 1918, fue una gripe o fue algo más parecido al virus de la pandemia que ahora nos aflige. En cualquier caso, duró dos años y dejó tras de sí a 50 millones de víctimas. Peor aún según escribía Rosa Montero en un artículo publicado en «El País» «la pandemia de 1348 mató en un solo año a la mitad de la población europea, que creyeron que había llegado el fin del mundo y así lo dejaron escrito los cronistas». Bien es cierto, que hace 673 años atrás, ni los médicos ni la farmacopea eran lo que son hoy en día, razón a tener muy en cuenta cuando cotejamos la letalidad de otras pandemias, respecto a la que estamos ahora padeciendo. Donde sí hay que cruzar los dedos, es cuando algunos expertos haciendo futurismo, nos encogen el ánimo ante la posibilidad de una mutación del actual virus potencialmente mucho más letal que el que estamos combatiendo, donde para más gravedad, las vacunas conocidas fueran poco menos que inútiles. Nadie en su sano juicio, puede asegurarnos que estamos libres de semejante apocalipsis, y no es que me haya puesto ahora a escribir con renglones catastrofistas ¿Qué pandemia pudo en 1348 acabar en un año con media Europa? Claro, que como ya he dicho no existía farmacopea para enfrentarse a semejante desafío, también hay que decir que la población europea por esas fechas, no sería mucho mayor que la actual española. Pero, para que nos hagamos cargo de la situación, baste decir que usaban el vinagre como medida preventiva que pudiera ponerle fin a una calamidad que fue conocida como el fin del mundo.

Desde tiempo inmemorial el ser humano se ha visto asediado por pandemias, cuyos agentes letales es menester para verlos, el uso de sofisticados aparatos, capaces para mostrar lo que el ojo humano por sí mismo es incapaz de captar, y pese a su diminuta insignificancia física, son para el mundo un peligro enormemente grande.