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Si hay que hacer caso a la Real Academia de la Lengua Española, la expresión «coño» es una palabra malsonante, tanto si se refiere a la vulva del aparato genital femenino, como si se utiliza para mostrar enfado o extrañeza, depende del tono, en una impostada fortaleza de carácter. Quien lo dice presume de macho, porque no es muy frecuente que una mujer recurra a esta interjección. En Chile es sinónimo de «español», aunque ignoro si se expresa como insulto por lo de la colonización o de forma amigable.

Una cosa es decirlo mientras el Barça pierde contra el Bayern,  y otra expresarlo en el «templo de la democracia», el Congreso. Allí resuena todavía el «se sienten, coño» de Tejero en febrero de 1981. La expresión iba bien acompañada de las balas, como si la mala leche de las palabras no bastara. Como explicaba Pep Mir ayer, otros «coños» en la cámara fueron los de Labordeta o del expresidente del Congreso, Jesús Posada, para pedir orden en la sala.

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Pedro Sánchez también utilizó la expresión en unas declaraciones en Ribera de Duero para preguntar «¿Qué coño tiene que pasar para que Rajoy pise» esta tierra? Pablo Casado ha recurrido a la misma frase para preguntarle en el Congreso al presidente del Gobierno por la no asunción de responsabilidades.

Que sus señorías suelten un taco no es para rasgarse las vestiduras. Las formas son herramientas útiles de la comunicación. El problema es que el tono y la reiteración expresan el «camino de perdición» (película de gánsters) que lleva la política actual, que solo interesa a los que la convierten en espectáculo en los medios o los que la viven desde la militancia sectaria.

Tan preocupados que están por el impacto de los gestos, por qué no prueban a promover los más aburridos y sanos del acuerdo, el apoyo, el compromiso, el aplauso al rival, el diálogo, la empatía, la amabilidad, la educación, la categoría, la elegancia. Estoy convencido de que en ello también se encuentra algún voto.