La sexta ola ha pasado como una apisonadora por los sistemas de control de contagios de la pandemia. Son ya dos años pero como viene ocurriendo desde que empezó todo, vamos a remolque del virus y esta vez ómicron ha puesto patas arriba los recuentos de positivos; al mismo tiempo han aparecido nuevas formas de diagnóstico que desbaratan las estadísticas. Hace pocas semanas que comenzó ese debate sobre si vigilar o no la covid-19 con el mismo sistema de red centinela de la gripe y tratarla como tal, algo que los epidemiólogos y los médicos consideraron prematuro. Pero lo cierto es que el seguimiento del coronavirus se ha gripalizado –otra palabreja recién adoptada–, por la vía de los hechos, al menos en lo que se refiere a las cifras oficiales; están desbordadas y ahora ni siquiera las incidencias acumuladas pueden ser cien por ciento fiables, con toda seguridad son más altas de lo que se calcula.

Lo reconoció recientemente la propia directora asistencial del IB-Salut y eso es así porque a medida que avanza el autodiagnóstico, los casos positivos que se detectan en casa se pueden quedar ahí, entre cuatro paredes, y no ser comunicados. Informar y enfrentarse a servicios saturados solo depende de la responsabilidad individual y la férrea voluntad del contagiado en cuestión, y me resulta bastante dudoso que esa sea la opción mayoritaria. A quién le puede interesar, si no tiene síntomas, ingresar en un atasco descomunal, con 12.000 bajas laborales pendientes reconocidas por Salud a fecha de 22 de enero. Por otro lado, ¿cuántos de aquellos a los que se les dice «confínese» después de un test de antígenos positivo en el domicilio se aíslan y contabilizan realmente? Se estudian opciones para que se pueda declarar por internet la situación de contagiado pero de nuevo es una iniciativa más voluntarista que realista. La solidaridad social se va agotando. Llegados a este punto la convivencia con la covid-19 se gripalice o no es ya una realidad.